Te rechazo. Te empujo, te lanzo contra la pared, te tiro por la ventana, estallas como el cristal, corro ansioso y pisoteo tus restos, los esparzo con la punta del pie. Pero no hay sangre, ni huesos, ni pelos, porque tú no eres como los demás.
Te descubro. Tú estás en cada uno de esos momentos. Has vuelto a aparecer. Jamás desapareces. Eres eternidad. Siempre sigues ahí. Inmóvil, sonriente, con tus cascos verdes. Me pierde esa imagen. Me pierdes tú.
Late, ¿no lo sientes?
Late por ti.
Subo a mi piso, asfixiado, jadeando. No me odio, porque sé que hice lo correcto. Era lo que necesitaba. Pero me odio, por haberte amado otra vez más. Me odio por ser débil. Te odio por ser hija de la perfección.
Y ahora una gota de agua de Amparo, la vecina del primero que riega constantemente las plantas, me cae sobre el hombro. Al entrar en el portal, un reflejo de sol me deslumbra. Hay una acumulación casual y sorprendente en el gotelé del pasillo, antes del ascensor: es como una nube, también como un conejo. Y mi gato maúlla cerca de la cocina exactamente en La menor. Se me desata un cordón al ver que mi madre ha comprado plátanos, y de repente, caigo de bruces.
Te descubro. Tú estás en cada uno de esos momentos. Has vuelto a aparecer. Jamás desapareces. Eres eternidad. Siempre sigues ahí. Inmóvil, sonriente, con tus cascos verdes. Me pierde esa imagen. Me pierdes tú.
Y vuelvo a caer ante tus pies. Vuelvo a adorarte, a besarte, a sentirte, a saborearte, a acariciarte, a cogerte en brazos, a abrazarte hasta sentir en mi cuello que te corto la respiración. A desear que nuestros cuerpos se atraviesen e iluminen el mundo. Te dejo sobre el suelo, llevo tus manos a mi pecho y te digo: ¿lo sientes?.
Late.
Late, ¿no lo sientes?
¡Late!
Late por ti.



