domingo, 21 de febrero de 2010



Los sábados, hay señores de mono azul que ven el fútbol en sus casetas, al lado de la obra.

Hay señores de verde con paraguas amarillos que pisan charcos marrones.

Hay funcionarios públicos fosforescentes que toman el último autobús, y jóvenes rizados que corren tras él.

Hay señores gordos, enormes, henchidos en alegría, rellenos de felicidad, obesos de dicha, con el orgullo saciado. Y hay pequeñas criaturas apretadas en sus rechonchas manos.

Hay parejas que se besan al despedirse en mi portal.

Hay gente que hace el amor, hay gente que echa un polvo.

Hay celos, hay envidia, hay cuernos, hay soberbia, hay pelos en el lavabo.

Hay sonrisas y lágrimas en fila india.
Hay caricias.

Hay estrellas eternas de celulosa.
Hay chicos que tocan la guitarra.
Y hay chicas que aprenden un sueño.


Hay orquestas de colores y cuadros en pentagrama.


Hay gente que es belleza.
Hay poetas que crean.
Hay sabios soberbios necios.
Hay callejeros que saben más que tú.
Hay un George Dyer que muere amado en su baño.


Hay niñas pijas cargadas de bolsas que hablan por su iPhone con su último novio, y protestan por no quererles más.

Hay jóvenes que leen el periódico universitario, y hay ancianos que se tapan con ellos.

Hay gente que estudia, gente que disfruta, gente que trabaja, gente que aprende.

Hay gente que se alegra, gente que late, gente que salta, gente que se mueve. Gente que viaja y gente que aguanta.

Hay gente que camina, gente que avanza. Hay gente que da palmadas. Hay gente que tiene risas estúpidas, contagiosas, y que suspira y que se alivia.

Hay gente que vive.


Y yo los veo. Y los interpreto. Y los leo. Y los comprendo. Y no lo entiendo.

Y vuelvo a mi habitación luminosa, y la bombilla explota, y me sumo en la penumbra.
Y me miro al espejo, y no me gustan mis ojos. Y no me gusta lo que carga mi espalda.

Y leo mi vida, y prefiero pasar página. Y quiero borrar, quiero destruir, quiero borrar, quiero borrar, necesito borrar. Y vuelvo a necesitar. Y vuelvo a no hallar.

Y yo me acuerdo de todos ellos. Y pienso dónde estarán. Y qué despreocupados viven. Y qué simple es todo en realidad. Y qué egoísta soy, y qué desconsiderado. Y qué bien tiento al victimismo. Y qué ignorante soy.

Y entonces me desquebrajo. Y no comprendo ya nada. Y me pregunto, y me vuelvo a cuestionar mi nombre. Y dudo una vez más si la cajera no me entregó el DNI que me correspondía. Y veo que sigue diciéndome todo lo mismo.

Y me rompo. Y me hundo.

Porque veo que hay gente que...

Y luego estoy yo, que no…