El Gato ha vuelto. El Gato es aquel Gato, tal y como nació. Odia, detesta, insulta, escupe y mancilla en cada ocasión que se le presenta, en cada reflejo de cristal fugaz, el nombre de su dueño.
El Gato ha vuelto a quebrarse. ¡O no!
Han vuelto a destrozarlo. Un mazo, de estos bien grandes, contra el corazón, y otro más contra el lomo. La cola sesgada.
El Gato se ilusionó. El Gato conoció y descubrió. El Gato se enamoró. El Gato luchó y luchó. El Gato sonrió. El Gato creyó. El Gato se hizo heridas graves, pero continuó, confiando. El Gato se sintió orgulloso de ser felino. El Gato no era como su tío el León, pero había aprendido, quería aprender a rugir como él. El Gato perseguía el fin último. El Gato había encontrado el Sentido de Todo. El Gato entendía que ese era su Camino, seguía la luz, tenía a su alcance la Verdad. La solución a su propia vida. El Gato luchaba con sus garras, y el pelaje encrespado, para agarrarse a aquello único que le salvaría. El Gato quería dejar de ser gato.
Pero,
el Gato había perdido demasiada sangre cuando descubrió que a Ella ya no le gustaban los animales. Que hacía tiempo que había pensado deshacerse de él. Y este Gato no pudo hacer nada por evitar la caída. El Gato repugnó su condición felina.
Se abandonó.
Hay un gato sucio que vaga por el barrio de Santa Cruz, en aquellas calles de piedra, entre las naranjas caídas, buscando los tocones muertos. Ese gato ni duerme ni maúlla. Sus bigotes pesados parecen que lloran. El sol lo observa pero ya no lo toca. Ahora la sombra es su casa, su refugio, su guarida. Su hermana oscuridad le ampara.
Este Gato es puro resentimiento. Es Saudade y Sehnsucht.
El Gato no soporta a la luna en la que tanto se quiso acunar.
El Gato se tiene alergia a sí mismo.
El Gato es más Gato que nunca.
No todos los gatos aguantan las siete vidas.
