esos veranos de camping,
de preparativos nerviosos,
de grandes expectativas,
de pretensiones fantásticas
que nos harían tan felices.
Por la noche uno nunca duerme mucho,
Por la noche uno nunca duerme mucho,
se está ansioso de partir
queriendo adelantar el tiempo
pero también se teme.
¿Será todo tal y como lo soñamos?
¿Nos concederemos lo prometido?
¿Nos concederemos lo prometido?
En qué gran compromiso ponemos al destino.
Y llega el viaje,
con los ojos cansados,
mal sabor de boca,
el cuello dolorido,
el pecho sudado,
las sonrisas nerviosas
y cafés en el camino.
Aunque no lo parezca se mueven las nubes
y se para el coche al fin
(piernas rotas, andar patoso)
los trámites y la parafernalia
y ya sí, estamos allí.
Me acuerdo bien de llegar bajando
con los dedos tímidos de los pies
hasta la parcela, instalarnos
y ponernos el bañador,
por primera vez,
en lo que va de año.
Rodeados de caravanas y tiendas
Quechua allí y Quechua allá
y esas cocinitas graciosas
con sus neveras rojas
y las toallas oleantes
que nos advierten del mar.
La gente viene aquí para ser feliz
o eso quiero creer siempre:
que tendré un encentro amoroso,
que descubriré otras habilidades,
con otro nombre y otra voz.
Qué difícil es estar entre iguales
y vivir cansado de ser yo.
Hay momentos que guardo con cuidado,
como leer después de comer
o tumbarme en la tienda
escuchando a Cat Stevens
coreado por los árboles,
y el tacto de la tela, esa tela,
la tela del sillón.
esa tela,
esa tela,
qué no daría yo por esa tela,
qué cosas no me trae a la mente,
qué de veces la he mojado
y manchado de leche y migas
tras volver de la piscina,
con diez, once, doce, trece
catorce y dieciséis años.
Pero otros me asustan como si siguiera allí,
pequeñas grandes cosas por las que entrar en pánico
como los cuerpos moldeados,
los juegos familiares,
las altas alemanas,
y la actitud del personal.
y la actitud del personal.
Los grupos de amigos hacen ruido
y por la noche suben al bar,
están los chulos, los guapos,
y las chicas lindas,
de esas que me congelan el cerebro
con sus ojos parcos.
Imposible no esconderme en ombligo
y olvidar que sabía hablar,
escaparme a la playa solo
sentarme en la arena
e intentar respirar.
Cuántas noches he dejado de ser humano
tras esas tardes de pánico,
para llegar, inexorablemente
a las mañanas del reencuentro incómodo.
Doy gracias por que exista el agua.
Doy gracias por que exista el agua.
Hoy me he acordado de cosas que tenía olvidadas,
de estados del ánimo que creía haber superado.
Qué equivocado estaba.
Sigo teniendo granos.