lunes, 14 de noviembre de 2011



Que sí, que sí, que no.
Tal vez... ¿pero quién sabe?
No sé la solución.
Even they don't know.
Sólo una idea me cabe
y no sé, no sé si me vale.


Février (Live) by Yann Tiersen on Grooveshark



Porque yo no conozco nada,
porque yo miro y no veo,
porque no entiendo qué pasa,
porque no sé qué quiero.

Qué necesito, qué añoro
qué preciso y qué valoro,
qué me puede salvar
qué me hunde al mar.

Las palabras son vanas,
empieza ya a actuar, ¡coño!.
(Aunque sabes, sé, saben, sabemos, sabéis,
y otra vez sé,
que no depende de mí)

¿ENTONCES QUÉ?

¿Lo de siempre? Sí, lo de siempre.


JÓDETE.


Pero te niegas, no, no puede ser así. Con tan oscura tinta no ha de estar escrita tu historia, no sería justo, ni lícito. Y vuelves...


Que no, que no, que sí.
Tal vez...¿ pero quién sabe?
Ya sé la solución:
esperar que el tiempo pase,
hasta que el alma aguante,
hasta que ahogue en dolor.





/Escrito hace más de un año y medio. Y seguimos siguiendo.../



Pocas personas saben realmente lo que quieren en la vida. El resto, solo intentamos seguir buscando, agotando todas las posibilidades. Dichosos los primeros, pero benditos seamos nosotros.

Elogio al ascensor.

Los ascensores son los espacios más polivalentes y paradójicos de la ciudad. En estos pequeños cubículos puede pasar de todo. Son lugares públicos, pero también ofrecen una intimidad que en pocos lugares se consigue, ni con tan clara evidencia. Es donde lo común y lo extraño se unen. Cambian constantemente, según su forma, el lugar, el objeto o la compañía, la experiencia es diferente. Invitan al recogimiento personal, a la introspección, pero también a la socialización. Es un lugar cerrado y abierto. Un interior tan pequeño, pero tan completo como un universo en miniatura. Dispone de pocos elementos: luz clara y un espejo, en ciertos casos un hilo musical, pero nunca es necesario. En el tiempo que dura el trayecto puedes acicalarte, terminar de peinarte, ponerte las gafas, buscas las llaves en el bolso o separar las cartas de publicidad de las facturas del banco. Si vas solo, puedes mirarte las arrugas en el espejo, mirar las cosas que llevas en los bolsillos, o hablarle a tu reflejo, como hago yo ahora.

Si vas acompañado, también se ofrecen experiencias totalmente excitantes. Es donde se besan las parejas, o donde incluso inician las discusiones, a la hora de bajar la basura, o de ir a por el pan. Además de las anodinas conversaciones sobre el tiempo, puedes saber qué se habló en la última reunión de la comunidad de vecinos, a la que no fuiste, o por qué se mudó la del quinto, o de quién es ese perro que ladra tanto. Puedes conocer a tus futuros compañeros de trabajo, o incluso recibir una sugerente oferta laboral. Incluso una canción en el aire puede unir a dos personas y que surja el amor: está comprobado.

En el ascensor subes y bajas, de la alegría a la desesperación, o viceversa. Es la metáfora de la persona inquieta, de la que no soporta esa estabilidad aburrida, esa estaticidad monótona tan terrible, que tanto asusta a las personas que andan demasiado rápido. Pero también es la metáfora de todo aquello que nos engaña, que desconocemos. Un ascensor es como la vida: no sabemos cómo funciona, pero nos mueve de aquí para allá, a veces donde queremos ir, otras veces no. Esas veces el desconcierto nos inunda: ¿dónde estamos, por qué hemos llegado aquí? A pesar de que todo estaba pensado de otra manera, nada sale como deseamos.
¿Qué derecho tienes tú para convertirte en la chica que siempre he deseado?
No es justo que hagas realidad mis sueños. Porque si ya no los tengo... ¿qué quedará?
No deberías darme lo que deseo.