domingo, 18 de julio de 2010




Ayer estuve en casa de mis abuelos, después de muchos meses. Mi abuela sigue con sus paranoias, supongo que típicas con su edad. ¿Pero en serio vuestras abuelas se ponen a llorar cada vez que te cuentan que uno de los perros no come suficiente, o que ha desparecido un gato? No, no es normal. Pero la familia e' la familia, al fin y al cabo. En definitiva, estuvo bien. Vi a mi prima pequeña, que lo pasa genial conmigo. Yo no soy nada niñero, no los soporto, no les hago carantoñas ni tengo paciencia. Pero ella me mira a los ojos tan inteligentemente, y saca mi vena paterna. Aunque más de padre, me siento como con un buen rollo con ella, espero que le permitan crecer con libertad y que se convierta en una persona especial.



Y hoy, he estado comiendo con mi grupo de heterodoxos. Los más raros del pueblo nos hemos reunido para hablar de frikadas y filosofía mundana. Ya sabes, esas conversaciones acompañadas de una (o varias) cervezas en las que se arregla el mundo. He pasado por la calle de él, casi un año después de la última vez.


Y ahora, me tumbo en mi cama. Y pongo a los Beatles. Y me acuerdo de tu sonrisa. Podría cantarte varias canciones de este disco. Como Help!, I need you, Tell me what you see o Yesterday. Pero sobre todo, esta que aquí os pongo:



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