viernes, 10 de abril de 2015

Misil misiva

Por un momento pensé en decírtelo:
el daño era inevitable.

Cómo no evitar que chocasen estas mentes
si no tienen cuerpos en los que reconocerse.
Encerrados en nuestro dolor
nos consumimos y envenenamos.

Joder,
somos insoportables.

Nos hemos atropellado.
Tu presencia detrás en el portal,
el ruido nervioso de las llaves
tratando de penetrar la puerta.
La chaqueta al suelo y tu mentón al cielo.
El palpeo ciego de unos labios
que buscan descifrarte.
Tu dióxido en los pulmones.
La uña y la carne.



Pero ese no soy yo.
Y sigo cometiendo errores.

Ya van haciendo efecto, ¿de qué me sorprendo?

Me lo he buscado por tonto y por iluso.

Por imbécil y por incauto.

Yo que quería hacer las cosas bien, que me veía preparado,
yo que era el fuerte, el que estaba al mando.

Y más mierda en mi plato
por no saber gestionarme,
por no ser capaz de seguir aparentando.

La he cagado como nadie y estoy empezando a pagarlo.

Normal que te canses, yo haría lo mismo.
¿Empezaremos ya a hacernos daño?




Cómo voy a estar bien
si siento mi cuerpo en sus fronteras
si soy el espacio que queda
entre mi ropa y mi piel.

Si soy una cáscara débil,
los vahídos que me alojaban
se han ido de hartos del llanto
y ahora ni siquiera me ocupa
el fantasma de ti.

Soy más yo que otras veces
porque me he encontrado en el fondo.
Qué peligroso es reconocerse
como lo que se teme ser.

Aceptar al enemigo
que viste mi sombra,
suena en mis pasos
y habla en mi boca.