Soy del tipo de personas que odian al ser amado.
No es un odio cualquiera, ni racional ni profundo ni consensuado. Es un odio nacido de la ausencia de su contrario.
Sueño contigo desde mucho antes de imaginar cómo querría que fueras. Siempre has estado ahí, en cualquier forma, cuando he buscado comprensión o he necesitado compartir algo. Tú eres la luz eterna, el sendero correcto hacia el paraíso, que aún está por determinar. Eres esperanza e ilusión constante. Eres fuego y calor para las manos en invierno y para el alma todo el año. Eres recipiente de conocimientos y diseccionador de mentes. Lo que sé es que eres el abrazo al corazón.
Y cuando conozco a otras personas, rápidamente te materializo en ellas, te recreo y te creo como si lo fueras.
Y ese es el problema.
Cuando tengo una relación con alguien, busco encontrarte a ti, ser etéreo, perfecto y armonioso, porque quiero hacerte real, para poder pasear contigo por la calle y enseñarte lo que siempre te he dedicado a escondidas del resto. Pero no, no eres tú. No es más que otra persona, cualquier persona. El ser amado pasa a convertirse en un ser amado. Porque amado es, como se ama la música, porque comparte ciertas características fundamentales y produce determinado efecto deseado por todos, necesarios para que surja el sentimiento del amor. Pero no, no eres tú.
Y como no eres tú, se viene la catástrofe. Nadie vale tanto como para poder intentar igualarte, y menos posible es que te logren superar. Tú eres único y eterno y estás por encima de todos. El resto no son más que ilusionistas que intentan embaucar: bien sabemos todos que cualquier amor mortal acaba, tarde o temprano, pero siempre en tragedia, pues toda separación llega a sentirse visceral. El resto no son más que burdas imitaciones, ilusas pretensiones de conquistar lo que no les pertenece.
En este momento aparece el odio. El odio por todas las cualidades de ese ser amado, porque no le pertenecen, porque son sólo tuyos, porque la perfección solo puede caber en ti. Y aún más los detesto cuando descubro otras particulares más personales, pero importantes, que difieren de las tuyas sustancialmente. Se reduce el amor a lo más ínfimo, por lo ridícula de la comparación.
Entonces el objeto de odio no me queda más remedio que ser yo. Porque he errado una vez más.
martes, 17 de enero de 2012
Tú.
Tu clara imagen se me aparece una y otra vez, primero lejana y difusa como los primeros rayos del alba, luego intensa y contundente, con esa presencia que inunda el lugar.
Yo no dejo de caminar, y dudo si detenerme cuando noto tu acuciante respiración. Sería fácil girarse, pero no podría mirar atrás una vez más.
Desde lejos me vienes hablando, palabras eternas que lo dicen todo y nada. Cuanto más distante me hallo, tu pronuncias mi nombre, y ese escalofrío, el del frío del pasado, recorre mi cuerpo.
Quizás sea mejor echar a correr sin volver la vista atrás, pero hasta yo dudo de mis piernas: bien saben que no se puede escapar de los fantasmas. Donde quiera que vaya me acompañas, con tu semblante blanco y pose altiva, y tan sólo tu silencio, sostenido tras esa mirada muerta, ya es como un eterno reproche.
No sé bien quién eres ni por qué me persigues, no sé cuándo te irás ni cómo lograré apartarte de mi, pero te siento desde el primer momento en el que sufrí.
Estás en los momentos más íntimos del corazón: es como si acudieras a la llamada del miedo. Las campanas de la soledad tañen, asegurando tu presencia. Ya el frío sudor por la espalda me avisa que estarás conmigo, cuando algún amigo me falla o cuando vuelvo a encontrarte entre mis intentos de olvido. Cuando ansío lo que ya he perdido, cuando busco lo jamás creado, en el acto del despecho impasible, en todos lados en los que la oscuridad me oculta de la vista de los deseados, apareces tú, con tus dos mares bajos los ojos. Y ese temblor de mis labios muestra el miedo de que sigas a mi lado.
Eres llanto del loco enamorado, grito del ciego hastiado, eres el frío roce de las piedras con estos pies descalzos. Eres agua, eres fuego y eres raíz, y fruto de mil demonios que mi alma invaden. Estás ahí cuando nadie más habla, y cuando reposa el corazón, al fin, encontrando su paz, tú despiertas el desasosiego con los gritos de cristal al fondo de la tinaja.
Quizás sea por ellos, tantos ellos que se fueron sin decir adiós. Tal vez el dolor te creó, o quizás no seas más que el fantasma de lo que quise ser y no pude, la esperanza marchita del que necesita apremiante alguna sorpresa para escapar de la vida monótona del hombre anónimo.
Ahora entiendo aquellas palabras lejanas. No son más que deseos formulados en voz alta. Sueños rotos que reclaman resolución. Vasijas de voluntades y cántaros de esperanzas hechos añicos, que has ido recogiendo, y me los recitas, con voz indolente, pidiéndome, suplicándome y exigiéndome que no las olvide.
Eres tú el fantasma del deseo muerto, de la emoción sesgada, de la fantasía fulminada por grandes dosis de realidad.
Eres la decepción de un alma, encerrada en un cuerpo, que querría volar.
Yo no dejo de caminar, y dudo si detenerme cuando noto tu acuciante respiración. Sería fácil girarse, pero no podría mirar atrás una vez más.
Desde lejos me vienes hablando, palabras eternas que lo dicen todo y nada. Cuanto más distante me hallo, tu pronuncias mi nombre, y ese escalofrío, el del frío del pasado, recorre mi cuerpo.
Quizás sea mejor echar a correr sin volver la vista atrás, pero hasta yo dudo de mis piernas: bien saben que no se puede escapar de los fantasmas. Donde quiera que vaya me acompañas, con tu semblante blanco y pose altiva, y tan sólo tu silencio, sostenido tras esa mirada muerta, ya es como un eterno reproche.
No sé bien quién eres ni por qué me persigues, no sé cuándo te irás ni cómo lograré apartarte de mi, pero te siento desde el primer momento en el que sufrí.
Estás en los momentos más íntimos del corazón: es como si acudieras a la llamada del miedo. Las campanas de la soledad tañen, asegurando tu presencia. Ya el frío sudor por la espalda me avisa que estarás conmigo, cuando algún amigo me falla o cuando vuelvo a encontrarte entre mis intentos de olvido. Cuando ansío lo que ya he perdido, cuando busco lo jamás creado, en el acto del despecho impasible, en todos lados en los que la oscuridad me oculta de la vista de los deseados, apareces tú, con tus dos mares bajos los ojos. Y ese temblor de mis labios muestra el miedo de que sigas a mi lado.
Eres llanto del loco enamorado, grito del ciego hastiado, eres el frío roce de las piedras con estos pies descalzos. Eres agua, eres fuego y eres raíz, y fruto de mil demonios que mi alma invaden. Estás ahí cuando nadie más habla, y cuando reposa el corazón, al fin, encontrando su paz, tú despiertas el desasosiego con los gritos de cristal al fondo de la tinaja.
Quizás sea por ellos, tantos ellos que se fueron sin decir adiós. Tal vez el dolor te creó, o quizás no seas más que el fantasma de lo que quise ser y no pude, la esperanza marchita del que necesita apremiante alguna sorpresa para escapar de la vida monótona del hombre anónimo.
Ahora entiendo aquellas palabras lejanas. No son más que deseos formulados en voz alta. Sueños rotos que reclaman resolución. Vasijas de voluntades y cántaros de esperanzas hechos añicos, que has ido recogiendo, y me los recitas, con voz indolente, pidiéndome, suplicándome y exigiéndome que no las olvide.
Eres tú el fantasma del deseo muerto, de la emoción sesgada, de la fantasía fulminada por grandes dosis de realidad.
Eres la decepción de un alma, encerrada en un cuerpo, que querría volar.
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