lunes, 5 de diciembre de 2011


Hace ya algún tiempo que se dice que las cosas no van bien. Tantas veces se ha repetido, tanto se ha convencido uno de ello, que ya ni siquiera nos importa. Damos por hecho que nos avocamos a algo oscuro. Asumimos que estamos destinados a caer en una catástrofe terrible, de la que apenas sabemos nada, que no sabemos cómo sucederá. A pesar de ello, nos da morbo acercarnos a ella, imaginarnos y recrearnos en la hecatombe que acabará con nuestros días. No podemos evitarlo: el hombre tiene mucho de inhumano e incoherente cuando gusta de regocijarse con la desgracia propia. Esto es parte de la triste aceptación del curso en el que parece que nos encauza este río sobre el que navegamos. Hemos perdido la paciencia, o la esperanza, machacada por esa condena, pesada como una piedra, que no paramos de recordarnos, y no somos ya capaces de levantarnos y mirar más allá de ella y alrededor, estudiar la situación, y tratar de plantear algún movimiento. Esa es la falta que se ha de achacar al hombre hoy en día, o tal vez siempre. Hay fe, mucha fe, pero no tenemos fuerza ni ánimos para emprender nada. La época de las grandes ilusiones y de los grandes proyectos ya pasó o no la recordamos. A pesar de ello, nuestro orgullo innato nos impide reconocerlo y nos lleva realizar acciones que, a pesar de la innegable buena voluntad, no hace más que acercarnos a aquello de lo que huimos. Tomamos decisiones, muchas, a cada instante, para demostrar nuestra entereza y nuestro buen ánimo, nuestras supuestas ganas de salir adelante, de superar el gran obstáculo. Pero no hacemos más que aproximarnos más. En nuestro interior, aceptamos la derrota y facilitamos nuestra caída. Ya nadie es capaz de salir afuera, lejos, muy lejos y alto, y comprender que aquella espada que pende sobre nosotros, que diríase espada de Democles, no es más que un pequeño escollo, fácil de despejar si se conoce el camino.

Los pocos que logran conocer son los valientes, los que cierran los ojos y se alejan de la piedra, y luego los abren, la estudian y la entienden. Y entonces él opina, porque no puede hacer otra cosa.  Pero las voces que más se oyen no siempre son las que más se gritan, sino las que más se unen. Y es que el miedo impera sobre los débiles. Es más fácil contagiar el miedo que la templanza. Pobres de aquellos lúcidos, pues serán callados en su impotencia. Y pobres de aquellos necios, dirán aquellos los lúcidos, pues temen al monstruo pero no dejan de tentarlo.


Esto era lo que pensaba el chico amapola después de leer los diarios que había recogido esa mañana. Había terminado hacía rato el café, y ahora se encontraba recostado en el sillón, mirando hacia arriba, con la boca abierta en una extraña mueca. Comenzaba a atardecer y el sol proyectaba todos los objetos, los alargaba y dramatizaba. El juego del humo del cigarro, que ascendía acompasadamente, con la inquietante sombra de la lámpara de araña sobre el techo le entretenían y se le antojaban puro arte. Tras los ventanales de madera, abiertos de par en par, y a través de unas airosas cortinas, llegaba el constante murmullo de la calle distante y ajena.  Tragó saliva, se incorporó, y miró de soslayo los periódicos mientras apagaba el último cigarro, repugnándose de nuevo con los titulares. Se levantó, los cogió, se dirigió a la cocina y, todo esto entre suspiros, los metió en la papelera.