jueves, 29 de marzo de 2012

"Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi aburrimiento y mi dolor."

Oliverio Girondo.
Solía mirarte largas horas cuando tú no me veías, incluso cuando ya te habías ido. A veces, de repente, tus ojos se clavaban en los míos y me atravesaban con la fuerza del rayo y el frío del acero. Qué mala suerte haberme enamorado de la reina de los hielos.
Estoy triste.
Triste por las bufandas perdidas,
por la maleza que vuelve a salir,
por los carteles amarillentos al sol.


Triste por una botella rota,
o por un tren que se va (con ella y sin mi).
Estoy triste por los nombres ajenos,
y aquellos ridículos nombres de bar.

(En las peluquerías se deja atrás algo más que el pelo.)



Es una tristeza de habitación vacía,
de persiana rota o de bus que no para,
de bolsas verdes y orín,
de añoranza al olor de la laca, o de mi abuela,
que son lo mismo en la memoria.