sábado, 14 de agosto de 2010



Ya no hay palabras.


No sé ya expresar. El castellano se me antoja pobre en matices. Las palabras ya no contienen ideas. Las ideas no se pueden comunicar.

El sentimiento se escapa, la razón se desvanece. Las sensaciones flotan en la más infinita oscuridad.


Mi corazón arde en tu recuerdo y se fulmina con tu mirada. Esos ojos, ese pelo, esos dedos me matan por dentro.


Me das la vida y la muerte.



He caído ya, irremediablemente, ante tu influjo. Jamás podré evadir tu magnetismo. Tu antigua pasión y latir me mueve todavía. Aficionado a anhelarte, me consumo en mis deseos. Me ahogo entre las palabras que pronuncian mis labios mudos. Deambulo a la deriva entre los momentos que imagino a tu lado. Sueño con que llegue el día en el que pueda decirte:  "Ya. Ahora sí puedo morirme. Porque sé que nunca más en mi vida llegaré a ser tan feliz como lo soy en este momento, a tu lado, en este lugar."



Pero tú eres implacable, destructora. Arrasas con todo por un simple chasquido de tus dedos. Me roza la pintura de tus uñas y entonces exploto en mil pedazos. Como la cerámica, esta vez me dispersas con tu pie. Me rebajas a lo ínfimo, me pierdo en el mar de átomos amenazantes. En los torbellinos de la locura. En el aceite de los charcos, en el gris de los nubarrones que llueven azufre. Me ahogo en mil lágrimas si no me miras a los ojos. Mi pecho se retuerce en espasmos de dolor cuando sé que no escuchas lo que te digo. Algo dentro de mí AGONIZA cada vez que siento un puñal con tu nombre. Cada vez que te amo yo también deseo que me aniquiles.



Sé que no quieres, y sé que no sabes.

Sé que no debo, y sé también que no merezco.


Pero, sobre todas las cosas, algo sé.


Sé que siento.