sábado, 23 de abril de 2011

Hacía tiempo que no volvía aquel chico de 14, 15, 16, 17, 18 años a mirarme desde su prisión congelada, con esa mirada estática, asustada. Esos ojos rotos, rodeados de marcas oscuras.

Ha vuelto ese sentimiento tan inefable. ¿Cómo expresarlo? Es andar y no sentir el suelo, pero no porque flotes: sino porque no eres capaz de despegarte de él. Tan alto subiste, tan rápido, que la caída te ha dejado aplastado contra la tierra. Está húmeda, y huele bien, pero tienes la nariz destrozada y te duele respirar, la sangre te obstruye las fosas. Es eso.

También es no sentirte dueño de ti, y a la vez, verte el único responsable de todos los acontecimientos que se dan lugar en el mundo simultáneamente. Es una carga pesada. Como recitar los millones de ceros y unos que constituyen estas letras. Da miedo. Es todo, y es nada.

Además, ahora mismo, en mi cuarto, donde he dormido más que vivido, siento que no soy de ningún lugar. Que todo me es ajeno, extraño. Que nada poseo. Que nada me espera. Que el viento me atraviesa y no me hace tiritar, ni siquiera sacudirme. Que las puertas se cierran aunque me vean pasar.

Siento que NO SOY,
porque sentí que YO ERA,
y me demostraste que NO.


Una vez más, la misma historia. Tiene gracia, ¿eh?



No, no la tiene. Ni te echo de menos, estúpido gilipollas de gafas cuadradas y asqueroso acné. Mírate, mira en lo que te has convertido. Tu aspecto es impecable ahora, sí.

Pero en el fondo, sigues siendo UN MONSTRUO.