Acabé la noche en su coche, comiéndome la polla. Fue divertido. En cierto momento me propuso quedar para dar una vuelta, y acepté. Es la primera vez que lo hago, a veces me gusta hacer locuras, o al menos intentarlas. Como aquella vez que quise irme a Madrid una semana con un chico que había conocido veinticuatro horas atrás (no pudo ser por culpa de los exámenes, que era en pleno febrero). Y con este volví a sacar una valentía innata. Un atrevimiento que yo poco conocía. Ni le había visto en foto. Alrededor de las 2, me presenté en cierta rotonda, dispuesto a esperar a un micra blanco. Resultó ser guapo, bajito pero delgado, de 22 años. Muy charlatán, de acento sevillano, divertido, ingenioso, denotaba mucha cultura e inteligencia: en conclusión, un tío con cabeza, que sabe lo que hace, cosa que solo es buena. Pero yo le superé: a sarcasmos, ironías y juegos de palabra, a rapidez mental no me gana nadie (o casi nadie). Me recogió en su coche, y aparcó varias calles más allá, bajo la oscuridad del edificio en construcción. Sentados en los sillones de cuero, escuchando a Iván Ferreiro, después de mucho hablar, mucho reír y mucho observar, me besó. Y me desnudó y me comió toíto entero. Yo apenas tuve que hacer nada.
Así da gusto. Aunque ya era hora. ¡Llevaba más de medio año sin ningún acercamiento sexual de ningún tipo! Y hubo de ser así, a escondidas, pero con confianza. Quizás repita con él, y ya me toque a mí pasar a la acción. Algo me dice que esto no se quedará ahí.
Limpiarse la cara con unos kleenex, besarme mucho, morderme el cuello, y abrazarme largo rato. Arrancar, meter primera, saltar a segunda, y pocos centenares de metros más, parar. Otro largo beso, y el deseo de un descanso reparador.
A las 4 de la mañana volvía a estar en mi cama, dispuesto a dormir. ¿Quién iba a pensar que acabaría así el día?
Me gustan las decisiones rápidas, sin pensar. Deberíais hacerlo más a menudo.

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