Hace ya algún tiempo que se dice que las cosas no van bien.
Tantas veces se ha repetido, tanto se ha convencido uno de ello, que ya ni
siquiera nos importa. Damos por hecho que nos avocamos a algo oscuro. Asumimos
que estamos destinados a caer en una catástrofe terrible, de la que apenas
sabemos nada, que no sabemos cómo sucederá. A pesar de ello, nos da morbo
acercarnos a ella, imaginarnos y recrearnos en la hecatombe que acabará con nuestros
días. No podemos evitarlo: el hombre tiene mucho de inhumano e incoherente cuando
gusta de regocijarse con la desgracia propia. Esto es parte de la triste
aceptación del curso en el que parece que nos encauza este río sobre el que
navegamos. Hemos perdido la paciencia, o la esperanza, machacada por esa
condena, pesada como una piedra, que no paramos de recordarnos, y no somos ya
capaces de levantarnos y mirar más allá de ella y alrededor, estudiar la
situación, y tratar de plantear algún movimiento. Esa es la falta que se ha de
achacar al hombre hoy en día, o tal vez siempre. Hay fe, mucha fe, pero no
tenemos fuerza ni ánimos para emprender nada. La época de las grandes ilusiones
y de los grandes proyectos ya pasó o no la recordamos. A pesar de ello, nuestro
orgullo innato nos impide reconocerlo y nos lleva realizar acciones que, a pesar
de la innegable buena voluntad, no hace más que acercarnos a aquello de lo que
huimos. Tomamos decisiones, muchas, a cada instante, para demostrar nuestra
entereza y nuestro buen ánimo, nuestras supuestas ganas de salir adelante, de
superar el gran obstáculo. Pero no hacemos más que aproximarnos más. En nuestro
interior, aceptamos la derrota y facilitamos nuestra caída. Ya nadie es capaz
de salir afuera, lejos, muy lejos y alto, y comprender que aquella espada que
pende sobre nosotros, que diríase espada de Democles, no es más que un pequeño
escollo, fácil de despejar si se conoce el camino.
Los pocos que logran conocer son los valientes, los que
cierran los ojos y se alejan de la piedra, y luego los abren, la estudian y la
entienden. Y entonces él opina, porque no puede hacer otra cosa. Pero las voces que más se oyen no siempre son
las que más se gritan, sino las que más se unen. Y es que el miedo impera sobre
los débiles. Es más fácil contagiar el miedo que la templanza. Pobres de
aquellos lúcidos, pues serán callados en su impotencia. Y pobres de aquellos
necios, dirán aquellos los lúcidos, pues temen al monstruo pero no dejan de
tentarlo.
Esto era lo que pensaba el chico amapola después de leer
los diarios que había recogido esa mañana. Había terminado hacía rato el café,
y ahora se encontraba recostado en el sillón, mirando hacia arriba, con la boca
abierta en una extraña mueca. Comenzaba a atardecer y el sol proyectaba todos
los objetos, los alargaba y dramatizaba. El juego del humo del cigarro, que
ascendía acompasadamente, con la inquietante sombra de la lámpara de araña
sobre el techo le entretenían y se le antojaban puro arte. Tras los ventanales
de madera, abiertos de par en par, y a través de unas airosas cortinas, llegaba
el constante murmullo de la calle distante y ajena. Tragó saliva, se incorporó, y miró de soslayo
los periódicos mientras apagaba el último cigarro, repugnándose de nuevo con
los titulares. Se levantó, los cogió, se dirigió a la cocina y, todo esto entre
suspiros, los metió en la papelera.