Estoy triste.
Triste por las bufandas perdidas,
por la maleza que vuelve a salir,
por los carteles amarillentos al sol.
Triste por una botella rota,
o por un tren que se va (con ella y sin mi).
Estoy triste por los nombres ajenos,
y aquellos ridículos nombres de bar.
(En las peluquerías se deja atrás algo más que el pelo.)
Es una tristeza de habitación vacía,
de persiana rota o de bus que no para,
de bolsas verdes y orín,
de añoranza al olor de la laca, o de mi abuela,
que son lo mismo en la memoria.
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