
Pareciera que nadásemos en una granizada de limón a finales de verano, cuando el sol no calienta tanto, y ya echamos de menos las mangas largas, aunque no nos atrevamos a reconocerlo.
Y es que hace frío.
Encogemos el cuello, entre los tensos hombros, apretamos el paso, con las piernas rígidas, las manos entumecidas, moradas, el pelo lo más recogido posible bajo el gorro de lana. Al tocar nuestra cara, casi oculta tras la bufanda, con los dedos gélidos, nos quemamos. Del frío que hace.
El sol es otro elemento decorativo más de la bóveda celeste. Inútil.
Se hiela el cuerpo, e intento que no se congele también mi corazón.
El día frío enfría mi frente, y mi alma. Temo que se rompa, frágil cual cristal de bohemia.
Aguanta. La estación cálida vendrá.
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