No me hables de otros nombres,
ni de otros labios que tal vez besaste,
pues siento que los míos son nuevos contigo.
No me hables de otros nombres.
1/11/12
I want to quit.
This game isn't funny anymore.
1/11/12
Desde el día en que me contaron que dabas abrazos con los ojos abiertos nada ha vuelto a ser lo mismo.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Desde que estos labios
ya no tienen
ni dueño,
ya no saben a quién
llamar.
28/11/11
The things I never said are coming against me.
8/12/11
Yo solo soy otro pequeño reducto de humanidad.
4/03/12
Es una tristeza muerta,
que grita callada con voz
de habitación con luz vacía
y de autobús que se va.
(He perdido tantos autobuses como ganas de verte)
23/03/12
(La tristeza de los inviernos en los que la lluvia no me mojó)
10/04/12
Echo de menos aquella tristeza
de invierno de película de salón,
en los que la lluvia, con su fuerza
cayó alrededor y a mi no me mojó.
06/09/12
Las cosas lentas
Tal vez sean mejor
las cosas lentas y el café con leche,
ir despacio sabiendo a dónde
y apagar la luz antes de salir.
(Por ahora?) No miraré más al otro lado de la calle,
por si alguna vez me encuentro con hambre,
y me descubro con manos vacías,
el sol en la frente y ganas de ti.
06/09/12
las cosas lentas y el café con leche,
ir despacio sabiendo a dónde
y apagar la luz antes de salir.
(Por ahora?) No miraré más al otro lado de la calle,
por si alguna vez me encuentro con hambre,
y me descubro con manos vacías,
el sol en la frente y ganas de ti.
06/09/12
jueves, 29 de marzo de 2012
Estoy triste.
Triste por las bufandas perdidas,
por la maleza que vuelve a salir,
por los carteles amarillentos al sol.
Triste por una botella rota,
o por un tren que se va (con ella y sin mi).
Estoy triste por los nombres ajenos,
y aquellos ridículos nombres de bar.
(En las peluquerías se deja atrás algo más que el pelo.)
Es una tristeza de habitación vacía,
de persiana rota o de bus que no para,
de bolsas verdes y orín,
de añoranza al olor de la laca, o de mi abuela,
que son lo mismo en la memoria.
Triste por las bufandas perdidas,
por la maleza que vuelve a salir,
por los carteles amarillentos al sol.
Triste por una botella rota,
o por un tren que se va (con ella y sin mi).
Estoy triste por los nombres ajenos,
y aquellos ridículos nombres de bar.
(En las peluquerías se deja atrás algo más que el pelo.)
Es una tristeza de habitación vacía,
de persiana rota o de bus que no para,
de bolsas verdes y orín,
de añoranza al olor de la laca, o de mi abuela,
que son lo mismo en la memoria.
martes, 17 de enero de 2012
El amorodio.
Soy del tipo de personas que odian al ser amado.
No es un odio cualquiera, ni racional ni profundo ni consensuado. Es un odio nacido de la ausencia de su contrario.
Sueño contigo desde mucho antes de imaginar cómo querría que fueras. Siempre has estado ahí, en cualquier forma, cuando he buscado comprensión o he necesitado compartir algo. Tú eres la luz eterna, el sendero correcto hacia el paraíso, que aún está por determinar. Eres esperanza e ilusión constante. Eres fuego y calor para las manos en invierno y para el alma todo el año. Eres recipiente de conocimientos y diseccionador de mentes. Lo que sé es que eres el abrazo al corazón.
Y cuando conozco a otras personas, rápidamente te materializo en ellas, te recreo y te creo como si lo fueras.
Y ese es el problema.
Cuando tengo una relación con alguien, busco encontrarte a ti, ser etéreo, perfecto y armonioso, porque quiero hacerte real, para poder pasear contigo por la calle y enseñarte lo que siempre te he dedicado a escondidas del resto. Pero no, no eres tú. No es más que otra persona, cualquier persona. El ser amado pasa a convertirse en un ser amado. Porque amado es, como se ama la música, porque comparte ciertas características fundamentales y produce determinado efecto deseado por todos, necesarios para que surja el sentimiento del amor. Pero no, no eres tú.
Y como no eres tú, se viene la catástrofe. Nadie vale tanto como para poder intentar igualarte, y menos posible es que te logren superar. Tú eres único y eterno y estás por encima de todos. El resto no son más que ilusionistas que intentan embaucar: bien sabemos todos que cualquier amor mortal acaba, tarde o temprano, pero siempre en tragedia, pues toda separación llega a sentirse visceral. El resto no son más que burdas imitaciones, ilusas pretensiones de conquistar lo que no les pertenece.
En este momento aparece el odio. El odio por todas las cualidades de ese ser amado, porque no le pertenecen, porque son sólo tuyos, porque la perfección solo puede caber en ti. Y aún más los detesto cuando descubro otras particulares más personales, pero importantes, que difieren de las tuyas sustancialmente. Se reduce el amor a lo más ínfimo, por lo ridícula de la comparación.
Entonces el objeto de odio no me queda más remedio que ser yo. Porque he errado una vez más.
No es un odio cualquiera, ni racional ni profundo ni consensuado. Es un odio nacido de la ausencia de su contrario.
Sueño contigo desde mucho antes de imaginar cómo querría que fueras. Siempre has estado ahí, en cualquier forma, cuando he buscado comprensión o he necesitado compartir algo. Tú eres la luz eterna, el sendero correcto hacia el paraíso, que aún está por determinar. Eres esperanza e ilusión constante. Eres fuego y calor para las manos en invierno y para el alma todo el año. Eres recipiente de conocimientos y diseccionador de mentes. Lo que sé es que eres el abrazo al corazón.
Y cuando conozco a otras personas, rápidamente te materializo en ellas, te recreo y te creo como si lo fueras.
Y ese es el problema.
Cuando tengo una relación con alguien, busco encontrarte a ti, ser etéreo, perfecto y armonioso, porque quiero hacerte real, para poder pasear contigo por la calle y enseñarte lo que siempre te he dedicado a escondidas del resto. Pero no, no eres tú. No es más que otra persona, cualquier persona. El ser amado pasa a convertirse en un ser amado. Porque amado es, como se ama la música, porque comparte ciertas características fundamentales y produce determinado efecto deseado por todos, necesarios para que surja el sentimiento del amor. Pero no, no eres tú.
Y como no eres tú, se viene la catástrofe. Nadie vale tanto como para poder intentar igualarte, y menos posible es que te logren superar. Tú eres único y eterno y estás por encima de todos. El resto no son más que ilusionistas que intentan embaucar: bien sabemos todos que cualquier amor mortal acaba, tarde o temprano, pero siempre en tragedia, pues toda separación llega a sentirse visceral. El resto no son más que burdas imitaciones, ilusas pretensiones de conquistar lo que no les pertenece.
En este momento aparece el odio. El odio por todas las cualidades de ese ser amado, porque no le pertenecen, porque son sólo tuyos, porque la perfección solo puede caber en ti. Y aún más los detesto cuando descubro otras particulares más personales, pero importantes, que difieren de las tuyas sustancialmente. Se reduce el amor a lo más ínfimo, por lo ridícula de la comparación.
Entonces el objeto de odio no me queda más remedio que ser yo. Porque he errado una vez más.
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