lunes, 14 de noviembre de 2011
Elogio al ascensor.
Los ascensores son los espacios más polivalentes y paradójicos de la ciudad. En estos pequeños cubículos puede pasar de todo. Son lugares públicos, pero también ofrecen una intimidad que en pocos lugares se consigue, ni con tan clara evidencia. Es donde lo común y lo extraño se unen. Cambian constantemente, según su forma, el lugar, el objeto o la compañía, la experiencia es diferente. Invitan al recogimiento personal, a la introspección, pero también a la socialización. Es un lugar cerrado y abierto. Un interior tan pequeño, pero tan completo como un universo en miniatura. Dispone de pocos elementos: luz clara y un espejo, en ciertos casos un hilo musical, pero nunca es necesario. En el tiempo que dura el trayecto puedes acicalarte, terminar de peinarte, ponerte las gafas, buscas las llaves en el bolso o separar las cartas de publicidad de las facturas del banco. Si vas solo, puedes mirarte las arrugas en el espejo, mirar las cosas que llevas en los bolsillos, o hablarle a tu reflejo, como hago yo ahora.
Si vas acompañado, también se ofrecen experiencias totalmente excitantes. Es donde se besan las parejas, o donde incluso inician las discusiones, a la hora de bajar la basura, o de ir a por el pan. Además de las anodinas conversaciones sobre el tiempo, puedes saber qué se habló en la última reunión de la comunidad de vecinos, a la que no fuiste, o por qué se mudó la del quinto, o de quién es ese perro que ladra tanto. Puedes conocer a tus futuros compañeros de trabajo, o incluso recibir una sugerente oferta laboral. Incluso una canción en el aire puede unir a dos personas y que surja el amor: está comprobado.
En el ascensor subes y bajas, de la alegría a la desesperación, o viceversa. Es la metáfora de la persona inquieta, de la que no soporta esa estabilidad aburrida, esa estaticidad monótona tan terrible, que tanto asusta a las personas que andan demasiado rápido. Pero también es la metáfora de todo aquello que nos engaña, que desconocemos.Un ascensor es como la vida: no sabemos cómo funciona, pero nos mueve de aquí para allá, a veces donde queremos ir, otras veces no. Esas veces el desconcierto nos inunda: ¿dónde estamos, por qué hemos llegado aquí? A pesar de que todo estaba pensado de otra manera, nada sale como deseamos.
Si vas acompañado, también se ofrecen experiencias totalmente excitantes. Es donde se besan las parejas, o donde incluso inician las discusiones, a la hora de bajar la basura, o de ir a por el pan. Además de las anodinas conversaciones sobre el tiempo, puedes saber qué se habló en la última reunión de la comunidad de vecinos, a la que no fuiste, o por qué se mudó la del quinto, o de quién es ese perro que ladra tanto. Puedes conocer a tus futuros compañeros de trabajo, o incluso recibir una sugerente oferta laboral. Incluso una canción en el aire puede unir a dos personas y que surja el amor: está comprobado.
En el ascensor subes y bajas, de la alegría a la desesperación, o viceversa. Es la metáfora de la persona inquieta, de la que no soporta esa estabilidad aburrida, esa estaticidad monótona tan terrible, que tanto asusta a las personas que andan demasiado rápido. Pero también es la metáfora de todo aquello que nos engaña, que desconocemos.
domingo, 13 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
Esta noche, tú y yo.
A ver, vengo a contarte algunas cuantas cosas que no te he podido decir esta noche tan fría:
Punto 1. Me gusta tu pelo. Está despeinado, encrespado, tal vez demasiado grasiento y a veces demasiado seco. Es oscuro y apagado, pero también brillante, muy brillante. La forma es difícil de definirla, no se sabe dónde está el corte, y a simple vista no se puede ver si es muy largo o si es muy corto, todo maraña. Dirás lo que quieras decir, pero a mi me gusta. Es tu pelo, salvaje e indomable, con esos rizos libres, que por momentos caen en suave cascada, hasta derramarse en una profusión de espuma en tus hombros. Es TU pelo, y es como él quiere ser, y por eso me gusta, porque le das libertad. Lo haces parte distintiva de ti, algo más que añadir a tu personalidad. Y sabes que en el fondo a ti también te gusta todo eso. Así que déjate de humildades.
(Lamentablemente, he de aclarar que la chica de la que he estado hablando todo el rato, apenas existe, sino que es una abstracción y una recreación de una real.)
Punto 1. Me gusta tu pelo. Está despeinado, encrespado, tal vez demasiado grasiento y a veces demasiado seco. Es oscuro y apagado, pero también brillante, muy brillante. La forma es difícil de definirla, no se sabe dónde está el corte, y a simple vista no se puede ver si es muy largo o si es muy corto, todo maraña. Dirás lo que quieras decir, pero a mi me gusta. Es tu pelo, salvaje e indomable, con esos rizos libres, que por momentos caen en suave cascada, hasta derramarse en una profusión de espuma en tus hombros. Es TU pelo, y es como él quiere ser, y por eso me gusta, porque le das libertad. Lo haces parte distintiva de ti, algo más que añadir a tu personalidad. Y sabes que en el fondo a ti también te gusta todo eso. Así que déjate de humildades.
Punto 2. Me gusta tu forma de vestir. Es divertida. Se ve que te pones lo que te da la gana. Me gusta que seas propia. Que quieras demostrar tu individualidad de cualquier forma. Te sentarían muy bien los jerseys de lana, de cuello alto y esponjoso, que abracen tu cuello. Tu cuello es largo, como el mío, y por eso es hermoso.
Punto 3. Tu cuello es largo y tus manos son delgadas. Eres algo más baja que yo. Tienes una sonrisa muy expresiva, pero tal vez se te vean demasiado las encías. Aunque me gustan tus dientes, blancos, ordenados, como bellas perlas que cuidas con paciencia bajo los labios finos. Tienes unos ojos grandes y oscuros, en los que apetece navegar para asomarse a las profundidades de tus pupilas como quien mira un pozo fresco. Ha habido momentos en los que me mirabas fijamente, y he sentido ese frescor que se siente en el mar.
Punto 4. No sé qué pasa por tu cabeza, y quiero que me lo digas.
Punto 5. Tienes una voz algo áspera y la vuelves chillona cuando se te antoja, o dulce, o melancólica. Haces chistes con sentido, y consigues sacarle punta a todo: eres ingeniosa. Y eres fuerte, eso está claro, no te callas cuando tienes que hablar. Lo dices claro y alto, no te cortas ni tienes miedo.
Punto 6. A veces haces comentarios que no entiendo. Será porque no te conozco. Das a entender ciertas cosas, como tu inocencia, o tu sinceridad, o tu seriedad, que chocan con otras palabras, que, en definitiva, muestran frivolidad. A veces pareces buena, y en otras, no tanto. Y sobre todo, el que te ve piensa que eres lista, pero nadie imagina hasta cuánto, y, en especial, de qué manera.
Punto 7. Tienes cosas que sólo te gustan a ti. Y me gusta que sean tan particulares, e incluso te diría que me gusta que a mi no me gusten. La sangre y las arañas, mis mayores temores, son tus aliados. Eso no deja de hacerte más interesante.
Punto 8. Me gusta que no tengas problema en reconocer tus vicios, tus faltas y tus virtudes. Me gusta que trates de enseñarme a bailar. Y me gusta que me lleves en tu coche.
Punto 9. Me siento seguro cuando me hablas. Pero me siento inseguro al hablarte yo. Quiero que me hables siempre, con esa voz mágica que tienes guardada para los momentos especiales.
Punto 10. Tengo miedo porque sigo sin saber qué pasa por tu cabeza. Estoy deseando saberlo. Quiero, quiero gustarte, la verdad, y quiero saberlo, quiero que me lo digas, con estas sutilezas tan claras que utilizáis las chicas. Y quiero poder acercarme a ti con total entereza, y besarte sin miedo. Quiero tener esa cosa de la que hablabas, ese nosequé que tienen algunos chicos, y que solo tú puedes ver, como decías, que no lo ven el resto de las chicas. Quiero ser especial para ti. Quiero iluminarte. Quiero deslumbrarte. Quiero emocionarte y atraparte, que me ansíes y me necesites, que me busques y me luches. Déjame darte todo lo que llevo guardado tanto tiempo. No entiendo por qué, pero nadie lo quiere. Podría hacer feliz a mucha gente, pero nadie lo quiere.
viernes, 4 de noviembre de 2011
La insoportable levedad del ser.
"¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo?
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida no es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
"Einmal ist keinmal", repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto."
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida no es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
"Einmal ist keinmal", repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)