
Cuenta la leyenda que en Archidona, cerca de Antequera, cuando estaba España dividida en la musulmana y la cristiana, caía preso Tello, un joven cristiano.
La hija del alcalde de esa ciudad, la mora Tazgona, fue por curiosidad a verlo al calabozo. En el mismo momento en el que se conocieron, cayeron en un amor imprevisto y peligroso. En aquella situación histórica, no se permitía una relación entre personas de religiones enemiga, pero la fuerza del amor pudo con cualquier miedo, y decidieron escapar juntos.
Los guardias de la cárcel descubren su huida, y el padre de ella manda apresarlos.
Huyen, corren por los olivares, saltan piedras, y ven el peñón. Ascienden mientras son perseguidos por los moros armados.
En la cima, se ven sin escapatoria, limitados por la inmensa pared vertical.
Iban a ser apresados. Los moros los alcanzan, y apuntan con sus armas a los jóvenes.
Cogidos de la mano, se juran amor mutuo, en el filo de la montaña. Saltan al vacío, en un eterno abrazo, que les hará pertenecer por siempre unidos. Fallecen juntos, prefiriendo la muerte a la separación.
Esta leyenda es cierta, formó parte de la historia antequerana.
¿La casualidad? ha hecho que la montaña tenga forma de cara, muchos dicen que por un lado se asimila a una mujer, y por otro, a un hombre. El peñón reúne eternamente a los dos enamorados, como homenaje por su valor, monumento al amor.
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Ains, qué preciosidad. Hoy he estado en el piso de mi abuelo en Antequera, y al ver el Peñón he pensado que estaría bien contaros la historia.
También he de decir que me ha sobrecogido algo. La rancia fastuosidad, la riqueza marchita, el lujo desfasado de una casa que ya no es lo que era. Mi abuelo era muy rico. Ahora, de no ser por mis padres, no tendría ni un lugar donde vivir. La vida del campo es muy dura. Pero más duro es el tiempo, que siempre quita, siempre. Sólo da problemas, y sufrimientos. Lo que hay que sacar de ellos es sabiduría y experiencia.
Pero me dio pena. Contemplé durante mucho tiempo un bello retrato de mi abuela ya fallecida. Contaba con 7 años cuando pintaron el cuadro. ¿Qué iba a saber ella, con sus inocentes ojos azules, con sus oscuros rizos, que acabaría así?
Da miedo la historia. El tiempo es un cruel verdugo sin piedad.
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