domingo, 28 de febrero de 2010




Hoy ha sido un día raro. Mi madre, mi hermana y mi tía han venido a visitarme. Les he enseñado el piso, mis trabajos de clase, la decoración de mi cuarto. Y hace medio año seguía viviendo con ellos (menos con mi tía, se sobreentiende).

Me he sentido el anfitrión. He caminado por la calles del centro hablándoles de los edificios y las historias que de allí me sabía. Les he enseñado cómo tomarse un café en un Starbucks y cómo son las callejuelas del barrio de Santa Cruz. Mis aventurillas por la ciudad, cómo fue la flashmob, a dónde voy con mis amigos.

Me he sentido como un hijo que recibe la visita de su madre. Y es un sentimiento raro. Me he dado cuenta más que nunca que me he independizado, que ya vivo solo, en una ciudad a 300 kilómetros de donde vive ella. Que sigo un día a día totalmente ajeno al suyo y al de mi hermana. Que no saben lo que hago, ni sé lo que hacen.

Me he sentido mayor, maduro. Realizado. Me he sentido libre. Pero también he sentido la parte mala de la libertad: la soledad. El abandono. Al ser libre, ya no tienes compromisos que te aten, ni leyes que te impidan hacer nada. Puedes hacer lo que desees. Y tanta libertad repentina te asusta: en un océano enorme, bajo millones de estrellas, te encuentras con tu barquita, sin saber a dónde ir. Sin nadie que te diga nada. Que te aconseje seguir hacia Orión o buscar la estrella polar. Que te regañe por no achicar el agua que entra, o que te premie por tu esfuerzo en los días de luna llena, cuando apenas se ven aquellas llamas titilantes, que nos observan desde el principio de los tiempos.

Hoy me he encontrado solo, en ese sentido. La libertad es genial, pero si eres capaz de guiarte a tí mismo. Todo el mundo es libre en mitad de un desierto, pero pocos quisieran estar ahí, y menos aún sobrevivirían.

Pero hoy también me he encontrado realizado. Soy cada vez más un adulto hecho y derecho. Y no llevo una vida tan triste: sólo por las noches, y los fines de semana, cuando no hago otra cosa que quedarme en mi cuarto, el pesimismo acude a mí, o yo recurro a él, para dar una explicación a todo.

Pero la vida es así, dolor. Un chico muy muy especial, que conozco desde hace muchos años pero jamás pude ver en persona, me recordó una gran frase atribuida a Buda:

El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional


He de metérmelo en la cabeza!


(Pensaba llevar esta entrada hacia los caminos del Tempus fugit y del Collige, irgo, rosas, incluso poner Father and Son de Cat Stevens, pero bueno, ya lo haré algún dia. Me encantan esos tópicos.)

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