miércoles, 24 de febrero de 2010
Adoro la lluvia lenta, tranquila. La lluvia que no cae, que se desliza. La lluvia que huele a tierra mojada, que huele a campo, a aire limpio. Que moja los suelos y no hace barro. Me gusta el musgo que crece entre las llagas de los ladrillos. Me recuerda a Alemania. A los árboles mojados, a las paredes húmedas, al vapor de agua. Al respirar y sentir libres tus pulmones. Al verde viento y verdes ramas.
Pero claro, esa lluvia está para disfrutarla, no sólo para verla detrás del cristal, o escucharla a lo lejos. Esa lluvia está para sentarse en el parte de Maria Luisa con un paraguas, o sin él, y leer un poema de Juan Ramón Jiménez, o de Machado, o hablar sobre el crecimiento de las plantas, o cómo era el coche de nuestros padres.
Y no está para quedarse todo el día trabajando, y trabajando duro, para mil asignaturas diferentes, sin saber bien ya qué haces.
Me estoy perdiendo el invierno, y ya pasó sin percatarme de ello el otoño, que es mi estación favorita. Espero aprovechar la primavera.
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