
Ayer volví a hacerlo.
Después de 7 meses, te saqué del baúl de los recuerdos. Te desempolvé, te saqué brillo y te volví a mirar de cerca.
Una vez más, mantuve una conversación. Tu voz. Tu voz. Maldita sea tu voz. Llegué a detestarla, odiarla, lo sabes, te lo dije, era lógico, inevitable. Porque sólo tenía tu voz. Una voz algo distorsionada, sin duda viajaría muchos kilómetros, pasaría todos los estratos de la atmósfera, pasando por algún satélite en la más inmensa soledad, ajeno a lo que ocurría, para volver a reincidir sobre algún repetidor, llegando finalmente a mi tímpano. Es imposible agarrarse a una onda sonora. Te lo dije, todo te lo dije. Pero tu hacías oídos sordos, o simulabas interferencias en la conexión.
Pensé que las cosas habrían cambiado. Había alargado tanto tiempo este momento adrede, no te equivocas, pero porque quería limpiar de tu recuerdo las cosas malas, de los momentos difíciles, borrar del pasado el sufrimiento que me causaste, pulir el tesoro que una vez fuiste para mí. Quería sustraer lo verdaderamente bueno que hubo en ti.
Pero al esconderme una vez más bajo las sábanas, como tantas otras noches, para oír tu vibración, te percibí exactamente igual que antes. No había cambiado nada. Al revés, tus palabras me traían los peores recuerdos.
Sí, he conseguido hacer desaparecer gran parte de mi pasado (extraña cualidad tengo, de acostumbrarme con demasiada rapidez a los cambios, de adaptarme a pasmosa velocidad), tanto lo malo, como, desgraciadamente, lo bueno, que también lo hubo. Pero repetir una situación que tanto tiempo odié, marcar unas teclas ya harto presionadas, esa repetición, hizo que rememorase sólo lo malo.
Te eliminé todo. Y sólo recupero de tí dolor y más dolor. Es lo que más me causaste.
No debí abrir anoche el baúl de los recuerdos, pues desconocía que con él se abría la caja de Pandora, recipiente de todos los males y pesares.
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