jueves, 26 de agosto de 2010



Me enfrenté a ti, al fin.

Me costó la vida conseguir una cita con el demonio, pero al fin, me abrió las puertas del cielo.


Tenía miedo, temía estar suicidándome, poniéndome delante del toro, bajo las vías del tren. Me vi jugando a la ruleta rusa, escupiendo hacia arriba.


Pero sólo bastó lo más fácil. Verte a ti. Pantalón corto, camiseta de tirantes, pelo recogido. El bolso de los Velvet Underground, a pesar de que yo siempre lo haya querido, no está en mejor sitio que colgando al lado de tu cintura. Ya estás morena, aunque lo niegues. Al menos, siempre más que yo. Porque tú, todo siempre más que cualquiera.


Fue eso, tenerte a unos cuantos metros, verte buscándome. No me veías, pero allí estaba, entre la gente que corre por la estación.


Me aproximé siendo ya consciente. No te diría nada. No arriesgaría mi vida, no me asomaría al precipicio. Me guardaría mi secreto.


¿Mi secreto? Y bien, en ese momento me di cuenta de que no había secreto que decir. Que mi mente me ha jugado una mala pasada. Que la necesidad de vivir ha hecho que yo me cree mis propios sentimientos. Que todo ha sido mentira. Pero al revés, ha sido lo más sincero del mundo, porque he sentido más que nunca. Y más que llegaré a sentir cuando ésto sea de verdad.


Durante tanto tiempo, he querido a una persona que no eras tú. Llevaba tu maldito nombre, y tus gafas de sol (de tu padre), pero le faltaba el mágico color de tu pelo enmarañado, los lunares de tu piel y tu forma de escribir y de jugar con el lápiz.


Te creé. Yo te construí. Eres un producto de mi imaginación. O eras, hasta ese momento, hasta esa tarde tan especial en tu ciudad. Entonces te cogí y te descubrí.

Te redescubrí.


Quité todos los disfraces que te puse. Te miré a los ojos: a los tuyos, no a los míos, no a los que yo quería ver. Vi indiferencia, sí, pocas, poquísimas veces tu posaste siquiera unos segundos tus pupilas en las mías.

Pero fue suficiente para darme cuenta de que algo era verdad de toda mi mentira. Y es que te quiero. Que me gustas. Que me fascinas. Que tu cuerpo llama al mío como nunca antes ninguno lo había hecho.


Y ya está, es eso, sólo eso.



Ahora toca empezar desde cero. Volver a encontrarte, a conocerte. Dejar que tú me conozcas de verdad, esforzarme por que descubras lo nuevo que hay en mi.


Hay que dejar el sentimiento renacer, más puro que nunca. Siendo consciente de mí, de lo que soy, y de lo que eres.

martes, 17 de agosto de 2010






Is there anybody going to listen my story.





Esta situación  me está creando una ansiedad terrible. Y no paro de comer.


Y sigo preguntándome a cada instante: ¿por qué tenemos que estar pasando por eso?




Si yo sólo quiero que tú seas lo primero que vea al abrir los ojos cada día.

sábado, 14 de agosto de 2010



Ya no hay palabras.


No sé ya expresar. El castellano se me antoja pobre en matices. Las palabras ya no contienen ideas. Las ideas no se pueden comunicar.

El sentimiento se escapa, la razón se desvanece. Las sensaciones flotan en la más infinita oscuridad.


Mi corazón arde en tu recuerdo y se fulmina con tu mirada. Esos ojos, ese pelo, esos dedos me matan por dentro.


Me das la vida y la muerte.



He caído ya, irremediablemente, ante tu influjo. Jamás podré evadir tu magnetismo. Tu antigua pasión y latir me mueve todavía. Aficionado a anhelarte, me consumo en mis deseos. Me ahogo entre las palabras que pronuncian mis labios mudos. Deambulo a la deriva entre los momentos que imagino a tu lado. Sueño con que llegue el día en el que pueda decirte:  "Ya. Ahora sí puedo morirme. Porque sé que nunca más en mi vida llegaré a ser tan feliz como lo soy en este momento, a tu lado, en este lugar."



Pero tú eres implacable, destructora. Arrasas con todo por un simple chasquido de tus dedos. Me roza la pintura de tus uñas y entonces exploto en mil pedazos. Como la cerámica, esta vez me dispersas con tu pie. Me rebajas a lo ínfimo, me pierdo en el mar de átomos amenazantes. En los torbellinos de la locura. En el aceite de los charcos, en el gris de los nubarrones que llueven azufre. Me ahogo en mil lágrimas si no me miras a los ojos. Mi pecho se retuerce en espasmos de dolor cuando sé que no escuchas lo que te digo. Algo dentro de mí AGONIZA cada vez que siento un puñal con tu nombre. Cada vez que te amo yo también deseo que me aniquiles.



Sé que no quieres, y sé que no sabes.

Sé que no debo, y sé también que no merezco.


Pero, sobre todas las cosas, algo sé.


Sé que siento.

viernes, 13 de agosto de 2010






Ya está, lo he hecho. Con la rapidez del destello fugaz de un cometa desintegrándose, dí sobre el botón de "enviar mensaje" sin pensármelo dos veces.


Mañana leerás las primeras palabras de tu vida inspiradas y escritas sólo y exclusivamente para ti.

Y yo mientras tanto me muero de miedo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Siempre sentiré haberte perdido. Me culparé y me arrepentiré.

Aunque no pienso dejar de luchar por ti. 







El fin de la resistencia.




Hoy nos hemos reunido después de tanto tiempo
y hemos acordado romper nuestro silencio,
y poner fin a esta furia reprimida,
y poder arrancarnos del brazo las tiritas.

Hoy al llegar a casa,
al cabo de unos meses de estar obsesionado
en saber que es lo que tú sientes,
he caído en la cuenta de que tú también sufrías
por no haberte amado como tú lo demandabas.





miércoles, 4 de agosto de 2010



Te odio.

Me he aprendido una canción más sólo porque es la que te gusta, ¿sabes?


Pero no, no lo sabes. Y te comportas como una estúpida. Y me arrastras a la miseria con dos palabras mal dichas.


Eres ruin. Ya no eres como antes.


Te odio. Y eso es solo un síntoma más de que te amo. Porque sólo las personas a las que se quiere pueden hacerte daño.

martes, 3 de agosto de 2010

Me pierdes tú.






Me acaricias el corazón. Y de repente, me doy cuenta de que no. No es bueno. Vas a apretar tus manos hasta hacerlo pedazos. Estoy en peligro a tu lado. Temo por mi vida.


Te rechazo. Te empujo, te lanzo contra la pared, te tiro por la ventana, estallas como el cristal, corro ansioso y pisoteo tus restos, los esparzo con la punta del pie. Pero no hay sangre, ni huesos, ni pelos, porque tú no eres como los demás.


Subo a mi piso, asfixiado, jadeando. No me odio, porque sé que hice lo correcto. Era lo que necesitaba. Pero me odio, por haberte amado otra vez más. Me odio por ser débil. Te odio por ser hija de la perfección.


Y ahora una gota de agua de Amparo, la vecina del primero que riega constantemente las plantas, me cae sobre el hombro. Al entrar en el portal, un reflejo de sol me deslumbra. Hay una acumulación casual y sorprendente en el gotelé del pasillo, antes del ascensor: es como una nube, también como un conejo. Y mi gato maúlla cerca de la cocina exactamente en La menor. Se me desata un cordón al ver que mi madre ha comprado plátanos, y de repente, caigo de bruces.


Te descubro. Tú estás en cada uno de esos momentos. Has vuelto a aparecer. Jamás desapareces. Eres eternidad. Siempre sigues ahí. Inmóvil, sonriente, con tus cascos verdes. Me pierde esa imagen. Me pierdes tú.



Y vuelvo a caer ante tus pies. Vuelvo a adorarte, a besarte, a sentirte, a saborearte, a acariciarte, a cogerte en brazos, a abrazarte hasta sentir en mi cuello que te corto la respiración. A desear que nuestros cuerpos se atraviesen e iluminen el mundo. Te dejo sobre el suelo, llevo tus manos a mi pecho y te digo: ¿lo sientes?.


Late.


Late, ¿no lo sientes?



¡Late!




Late por ti.