martes, 1 de diciembre de 2009


""¡No, no he de volver nunca en mí! Dondequiera que entro se me presenta una visión que me saca de quicio. ¡Hoy! ¡Oh destino, oh Humanidad!

Fui al río a la hora de mediodía: no tenía gana de comer. Todo estaba solitario; bajaba de los montes un viento húmedo y frío, y las grises nubes de lluvia se amontonaban sobre el valle. Desde lejos vi a un hombre buscar hierbas. Cuando me acerqué más a él [...], vi una fisonomía muy interesante, cuyo rasgo dominante era una tranquila tristeza, pero que por lo demás no expresaba otra cosa que la sensatez [...]. Le pregunté qué buscaba.
-Busco flores -respondió con un profundo suspiro.
-Ahora no es la estación buena -respondí, sonriendo.
-Hay muchas flores -dijo, bajando junto a mí-.En mi jardín hay rosas y madreselvas de dos clases; una me la dio mi padre. Crecen como malas hierbas: las busco hace ya dos días y no las puedo encontrar. Por ahí siempre hay también flores amarillas, azules y rojas, y la centaurea tiene unas florecitas muy hermosas. No puedo encontrar ninguna de ellas.
Noté algo inquietante, y po reso procuré dar un rodeo preguntando:
-¿Pues qué quiere hacer con las flores?
Una extraña sonrisa de éxtasis cruzó su rostro.
-Si no me traiciona -dijo, poniendo el dedo en los labios-, he prometido un ramillete a mi amada.
-Está muy bien -dije.
-Oh -dijo él-, ella tiene otras muchas cosas, es muy rica.
-Y sin embargo, le gustará un ramillete -respondí.
-¡Oh!, tiene joyas y una corona.
-¿Cómo se llama ella, pues?
-Si me quisieran pagar mis Estados -respondió- yo sería otro hombre. Sí, hubo un tiempo en que estuve muy bien. Ahora estoy fuera de mí. Ahora estoy... -Una húmeda mirada al cielo lo expresó todo.
-Entonces ¿era feliz? -pregunté.
-¡Ay!, me gustaría volver a estar así -dijo-. Entonces estaba tan bien, tan alegre, tan ligero como un pez en el agua.
-¡¡Enrique!! -gritó una vieja que venía por el camino-.Enrique, ¿dónde te has metido? Te hemos buscado por todas partes.
-¿Es su hijo? -pregunté, acercándome a ella.
-Sí, es mi pobre hijo -respondió-. Dios me ha dado una cruz muy pesada.
-¿Cuánto tiempo lleva así?-pregunté.
-Tan tranquilo como ahora -dijo- sólo medio año. Gracias a Dios que ahora ha mejorado, porque antes estuvo un año entero furioso y le ataron con cadenas en el manicomio. Era un hombre excelente y tranquilo, y de repente se puso melancólico, cayó en una fiebre ardiente, y luego se volvió loco: ahora está como usted ve. Si le contara, señor...
Interrumpí el torrente de sus palabras con la pregunta: --¿Qué fue ese tiempo que alaba, en que estaba tan feliz y tan bien?
-¡Pobre loco! -exclamó compasiva-, se refiere al tiempo en que estuvo en el manicomio, donde no sabía nada de sí.
[...]
¡Cuando eras feliz!, exclamé, yendo de prisa hacia la ciudad, ¡cuando estabas como un pez en el agua! ¡Dios del cielo!, ¿has puesto como destino a los hombres que no sean felices sino antes de tener uso de razón o cuando la pierden? ¡Desgraciado! Y también ¡cómo envidio tu extravío, la confusión de tus sentimientos, en que sucumbes! Sales lleno de esperanza a buscar flores para tu reina... en invierno... y te entristeces porque no hay ninguna. Y yo... yo voy sin esperanza, salgo sin objetivo y vuelvo a casa como salí. Tú te jactas de qué hombre serías si te pagaran tus Estados. ¡Feliz criatura!, que puedes atribuir tu falta de felicidad a un obstáculo terrenal. ¡Tú no sientes! No sientes que tu desdicha reside en tu corazón destrozado, en tu cerebro trastornado, y ahí no te pueden ayudar todos los reyes de la tierra.
Perezca el hombre sin compasión que se burla de un enfermo que viaja a las más lejanas fuentes, que acrecentarán su enfermedad y harán más dolorosa su vida; el que se eleva sobre su corazón oprimido y, para librarse de su conciencia devoradora y acabar con los padecimientos de su alma, emprende una peregrinación hacia la Tierra Santa. Cada paso que avanzan sus pies por el camino sin abrir es una gota de alivio para su alma angustiada, y con cada día que tarda en el viaje, su vurazón se somete con más facilidad a muchas opresiones... y ¿hay que llamar a esto locura? [...]
El mundo es lo mismo por todas partes: recompensa y gozo por el esfuerzo y el trabajo: pero ¿a mí qué?. Sólo estoy bien donde estás tú, y quiero sufrir y disfrutar ante tu rostro. [...] ¿No me has de escuchar?.""
Los sufrimientos del joven Werther, Goethe

He eliminado algunas partes innecesarias, y al final, las súplicas a Dios he preferido dirigirlas a otra cosa en concreto, pero indefinida.

El loco no comprende sus actos. Sus tristezas son maquinales, son sentimientos impersonales. No son conscientes de las causas ni los objetivos.

Pero yo, demasiado cuerdo, tengo poseo una horrible consciencia. Una lucidez que me hace ver con demasiada claridad el fondo de las cosas. Nada es agradable ante tan crítica vista, por lo que pocas cosas me parecen buenas.

Como dijo Antonio Gala... "No soy pesimista, soy un optimista bien informado".

Y ya
.

lunes, 30 de noviembre de 2009



Comenzamos a andar de nuevo.

Nunca se sabe a dónde te pueden guiar tus siguientes pasos.