lunes, 21 de octubre de 2013

Anyhow

Tengo un problema.

Tengo un problema bastante, bastante serio, y es que soy incapaz de controlarme, de satisfacerme, de saber qué quiero, cuándo y dónde. Vuelve un día más esa ansiedad de no saber hacia dónde navegar.

Tengo el problema de tener lo que quiero pero de seguir necesitando lo que no poseo. Y lo que no poseo es ese algo eterno y difuso, aquello que no conozco todavía. Y cuán grande se vuelve el problema cuando lo que necesito eclipsa a lo que tengo...

Tengo el problema bastante serio de necesitar que una chica me quiera, nada más sencillo ni imposible.

Nada, un par de besos o tres, algo de su confianza que incremente de una vez por todas la mía, un paseo, abrazos y palabras cursis, o no. Un sentimiento, una muestra, un gesto, una sonrisa desde lejos, volver la cabeza al alejarnos para lanzar una última mirada, como el que deja atrás olvidada el alma ensimismada y le reclama que vuelva con su cuerpo. Instantes eternos por su corta duración, palabras que resuenen más allá de lo que marque el tiempo.

Joder, no pido más de lo que hayáis tenido cualquiera de vosotros. La única diferencia es que lo pido tarde, cansado y, como siempre, a ciegas.




viernes, 18 de octubre de 2013

Todas as cartas de amor são ridículas.


Todas as cartas de amor são
Ridículas.
Não seriam cartas de amor se não fossem
Ridículas.

Também escrevi em meu tempo cartas de amor,
Como as outras,
Ridículas.
As cartas de amor, se há amor,
Têm de ser
Ridículas.

Mas, afinal,
Só as criaturas que nunca escreveram
Cartas de amor
É que são
Ridículas.

Quem me dera no tempo em que escrevia
Sem dar por iso
Cartas de amor
Ridículas.

A verdade é que hoje
As minhas memórias
Dessas cartas de amor
É que são
Ridículas.

(Todas as palavras esdrúxulas,
Como os sentimentos esdrúxulos,
São naturalmente
Ridículas).


Fernando Pessoa

martes, 15 de octubre de 2013

El texto sentido: Los autonautas de la cosmopista.



       Ah, amigo lector, jamás hay que cantar victoria, por lo menos en alta voz (pues los demonios, secreto que tenemos el deber de revelarte a ti por tu gran paciencia, son extremadamente vanidosos y no demasiado inteligentes; si no dices en alta voz que los has derrotado, se contentarán con lo que consideran una política eficaz de hostigamiento, justamente cuando sus tácticas han perdido ya toda importancia a tus ojos. Pero si proclamas que han cesado de impresionarte, ten cuidado: esos seres que procuran sobre todo mantener las apariencias, se ofenden y la rabia que los domina los incita con frecuencia a llamar en su auxilio a toda una cohorte de demonios más poderosos que ellos y de los que pueden disponer llegado el caso a pesar de su pequeñez irrisoria).

Julio Cortázar y Carol Dunlop, 1984.

domingo, 13 de octubre de 2013

Ahora por segunda vez


Y de repente ocurrió que Doble Pletina decidió escribir y cantar justo lo que yo andaba pensando:



Es mejor dejarlo así 
que ya somos mayorcitos. 
Es mejor dejarlo así 
sin llegar a un mal mayor. 

Aún lo puedo repetir 
y de hecho lo repito: 
cuánta nuestra madurez 
y qué sabia decisión. 

Y como una maldición 
por querer ser tan civilizados 
lo que nunca iba a pasar 
es justo lo que pasó. 

Ahora por segunda vez, 
cuando el daño ya está hecho, 
nos volvemos a decir 
es mejor dejarlo así. 

Si esa moda ya pasó, 
está muerta y enterrada, 
¿quién nos manda rescatar 
el revival de este amor? 
El revival de este. 





Una esfera de acero.

Copio un texto que publiqué el 2 de agosto de 2009 en un antiguo blog que compartí con amigos.
Que sirva para entender mejor el texto anterior y las sensaciones de las que habla.
Tal vez si lo escribiese hoy en día, no usaría las mismas palabras, pero sí es cierto que expresaría lo mismo.






Si pudieras por un momento rasgar mi piel como quien rasga el papel, y abrir en canal mi pecho, podrás introducirte en un interior nada esperado. No encontrarás ni vísceras, ni huesos, ni sangre, ni otros fluidos, sino que descubrirás un cuadro desolador.

Es un inconmensurable mar embravecido bajo un cielo oscuro repleto de nubes, densas como el cemento. Completamente coloreado con toda la escala posible de grises, iluminado desde algún lugar indefinido, sin que se percibe en lo alto ningún astro rey creador de vida.


De entre las espumosas olas del mar fúnebre se yergue como nido de cigüeña un alto y fuerte mástil metálico, sobre el cual descansa una pequeña base circular. En su resbaladiza superficie, deambula con el vaivén caprichoso de las olas y a merced de los vientos que soplan, una esfera de acero.

A cientos de metros sobre el horizonte, esta figura de acero oxidable no puede descender de su torre, pues si sobrepasase los límites del territorio conocido, sufriría una caída imparable hasta las simas más profundas que se pudieran imaginar, yaciendo eternamente en el pacífico, pero muerto lecho marino.

Desde esa posición sufre el constante roce del aire violento que, junto con la erosión de la lluvia ácida, han logrado desgastar en parte la superficie de la bola solitaria. Pero aún se pueden distinguir las capas de pintura que antaño hubiesen dado peculiaridad al apático acero. Se aprecian todavía ciertos matices de la infancia, algo de inocencia, pequeñas pinceladas de ilusión y pigmentos vestigio de una felicidad que se resiste, inútilmente, a ser olvidada. Pero a cada tormenta se acrecenta su destrucción, al recibir, por su naturaleza metálica, los 30.000 ºC y más de 100.000 Amperios de las descargas eléctricas producidas por las nubes cargadas positivamente, como los inventos de Franklin en el mundo exterior.


Esta esfera queda en el centro del cuadro, testigo y protagonista de toda la acción, perdiéndose en el espacio que no tiene fin ni cambio. Y con el paso del tiempo y de las tormentas, poco a poco se reduce a la nada, al más insignificante grano de tierra en el interior del desierto más grande. Pero sí, ahí seguirá siempre, cada vez más pulido y minúsculo, en algún rincón del infinito vacío contenido entre mis costillas, hasta que éstas se doblen sobre sí mismas.

Pido tregua.

Pido tregua, un alto en fuego, exijo que se tome en cuenta la última voluntad de reo cerca de consumirse en las llamas.


Es cierto que en mi vida últimamente se han dado las circunstancias idóneas para que flote en este líquido amniótico que me protege de lo simultáneo y externo, del pasado enterrado y de la incertidumbre del futuro, pero aún así extraño, no sé hasta qué punto, aquella inseguridad y veleidad de lo desconocido y lo no explorado. Es por ello que sin darme cuenta, en el gesto menos pensado, salgo de mi burbuja y me presento, como aquella esfera que fui una vez, desnudo ante la intemperie de los vientos nuevos. Estos vientos nuevos han seguido corriendo sin mi, variando dirección e intensidad, muriendo y naciendo. Y abocado estoy al fracaso cuando, acostumbrado al calor del hogar, encuentro que aquellos aires no harán otra cosa que congelarme. Que, como esfera que siento, sigo erosionándome.


(Ya se sabe que la velocidad de intercambio de temperatura
es mayor cuanto más grande sea la diferencia
entre la temperatura interna y la del exterior.
Y que esta transformación rápida duele.) 



(Y ya sé yo bien que cierta vez me enamoré
de la reina de los hielos.)



Pero este miedo no deja de seducirme de rara manera. Quizás sea el inconformismo, el ansia de superación, la ambición o la extrañeza propia: bien sé que soy más de uno, o, mejor dicho, que deseo como más de uno. Y con esto último quiero hablar de aburrimiento (necesidad de novedad), y de vacío (necesidad de llenar).


Del primero es culpa tantas tormentas a las que me he navegado, que han hecho que mis oídos no se acostumbren ya a la estabilidad, pues aunque sepa ya andar en tierra firme a veces siento un vahído y me siento caer. Viviendo en tierra siendo de mar, y viceversa, según el día, o según el yo.


El segundo es producto del corazón, ese algo que cuanto más vacío está, más pesa. También de naturaleza variable, que a cada hora cambia de parecer y de necesidad. Un lienzo que, por mucho que pinte, sea expresionista, como cuando amo, o sea abstrato, como cuando escribo, se vuelve blanco cuando aparto la vista. Quiero decir: no por que mucho llueva, este río que fluye por dentro llega a ser navegable. Que tengo dos cofres vacíos y los dos quiero llenar con un solo tesoro. Que solo hay un vaso para el vino y para la cerveza. Y, por ejemplo, quiero vino cuando tengo cerveza, a veces, de vez en cuando.


Ahí está el problema: querer lo uno cuando se tiene lo otro, o al revés, porque ni lo uno ni lo otro, que siempre están disociados, podrán ocupar todo el espacio.



Pido tregua porque los vientos me han vuelto a seducir, con sus susurros sugerentes y sus curiosas ondulaciones, y sus crujidos que quiero acariciar y sus lamentos que quiero curar. Y he salido como un parroquiano de este mi cómodo hogar, con súbita valentía, para embarcarse, tembloroso, eso sí, en la búsqueda y rescate de alguna sirena perdida. Pero el viento, ese viento que es tu pelo, ha terminado por oxidarme del todo.

Pido un alto del fuego que me escupes, pues me consumes.


Y yo ya no sé qué hacer.

sábado, 5 de octubre de 2013

Por suerte, y a pesar de todo, hay mil cosas que no haces bien, detalles que no cuidas, gustos en los que no coincidimos y acciones que no me gustan y que hacen que me dé cuenta de que te he sobrevalorado.

Maldita sea.