Pido tregua, un alto en fuego, exijo que se tome en cuenta la última voluntad de reo cerca de consumirse en las llamas.
Es cierto que en mi vida últimamente se han dado las circunstancias idóneas para que flote en este líquido amniótico que me protege de lo simultáneo y externo, del pasado enterrado y de la incertidumbre del futuro, pero aún así extraño, no sé hasta qué punto, aquella inseguridad y veleidad de lo desconocido y lo no explorado. Es por ello que sin darme cuenta, en el gesto menos pensado, salgo de mi burbuja y me presento, como aquella esfera que fui una vez, desnudo ante la intemperie de los vientos nuevos. Estos vientos nuevos han seguido corriendo sin mi, variando dirección e intensidad, muriendo y naciendo. Y abocado estoy al fracaso cuando, acostumbrado al calor del hogar, encuentro que aquellos aires no harán otra cosa que congelarme. Que, como esfera que siento, sigo erosionándome.
(Ya se sabe que la velocidad de intercambio de temperatura
es mayor cuanto más grande sea la diferencia
entre la temperatura interna y la del exterior.
Y que esta transformación rápida duele.)
Pero este miedo no deja de seducirme de rara manera. Quizás sea el inconformismo, el ansia de superación, la ambición o la extrañeza propia: bien sé que soy más de uno, o, mejor dicho, que deseo como más de uno. Y con esto último quiero hablar de aburrimiento (necesidad de novedad), y de vacío (necesidad de llenar).
Del primero es culpa tantas tormentas a las que me he navegado, que han hecho que mis oídos no se acostumbren ya a la estabilidad, pues aunque sepa ya andar en tierra firme a veces siento un vahído y me siento caer. Viviendo en tierra siendo de mar, y viceversa, según el día, o según el yo.
El segundo es producto del corazón, ese algo que cuanto más vacío está, más pesa. También de naturaleza variable, que a cada hora cambia de parecer y de necesidad. Un lienzo que, por mucho que pinte, sea expresionista, como cuando amo, o sea abstrato, como cuando escribo, se vuelve blanco cuando aparto la vista. Quiero decir: no por que mucho llueva, este río que fluye por dentro llega a ser navegable. Que tengo dos cofres vacíos y los dos quiero llenar con un solo tesoro. Que solo hay un vaso para el vino y para la cerveza. Y, por ejemplo, quiero vino cuando tengo cerveza, a veces, de vez en cuando.
Ahí está el problema: querer lo uno cuando se tiene lo otro, o al revés, porque ni lo uno ni lo otro, que siempre están disociados, podrán ocupar todo el espacio.
Pido tregua porque los vientos me han vuelto a seducir, con sus susurros sugerentes y sus curiosas ondulaciones, y sus crujidos que quiero acariciar y sus lamentos que quiero curar. Y he salido como un parroquiano de este mi cómodo hogar, con súbita valentía, para embarcarse, tembloroso, eso sí, en la búsqueda y rescate de alguna sirena perdida. Pero el viento, ese viento que es tu pelo, ha terminado por oxidarme del todo.
Pido un alto del fuego que me escupes, pues me consumes.
Y yo ya no sé qué hacer.