domingo, 13 de octubre de 2013

Una esfera de acero.

Copio un texto que publiqué el 2 de agosto de 2009 en un antiguo blog que compartí con amigos.
Que sirva para entender mejor el texto anterior y las sensaciones de las que habla.
Tal vez si lo escribiese hoy en día, no usaría las mismas palabras, pero sí es cierto que expresaría lo mismo.






Si pudieras por un momento rasgar mi piel como quien rasga el papel, y abrir en canal mi pecho, podrás introducirte en un interior nada esperado. No encontrarás ni vísceras, ni huesos, ni sangre, ni otros fluidos, sino que descubrirás un cuadro desolador.

Es un inconmensurable mar embravecido bajo un cielo oscuro repleto de nubes, densas como el cemento. Completamente coloreado con toda la escala posible de grises, iluminado desde algún lugar indefinido, sin que se percibe en lo alto ningún astro rey creador de vida.


De entre las espumosas olas del mar fúnebre se yergue como nido de cigüeña un alto y fuerte mástil metálico, sobre el cual descansa una pequeña base circular. En su resbaladiza superficie, deambula con el vaivén caprichoso de las olas y a merced de los vientos que soplan, una esfera de acero.

A cientos de metros sobre el horizonte, esta figura de acero oxidable no puede descender de su torre, pues si sobrepasase los límites del territorio conocido, sufriría una caída imparable hasta las simas más profundas que se pudieran imaginar, yaciendo eternamente en el pacífico, pero muerto lecho marino.

Desde esa posición sufre el constante roce del aire violento que, junto con la erosión de la lluvia ácida, han logrado desgastar en parte la superficie de la bola solitaria. Pero aún se pueden distinguir las capas de pintura que antaño hubiesen dado peculiaridad al apático acero. Se aprecian todavía ciertos matices de la infancia, algo de inocencia, pequeñas pinceladas de ilusión y pigmentos vestigio de una felicidad que se resiste, inútilmente, a ser olvidada. Pero a cada tormenta se acrecenta su destrucción, al recibir, por su naturaleza metálica, los 30.000 ºC y más de 100.000 Amperios de las descargas eléctricas producidas por las nubes cargadas positivamente, como los inventos de Franklin en el mundo exterior.


Esta esfera queda en el centro del cuadro, testigo y protagonista de toda la acción, perdiéndose en el espacio que no tiene fin ni cambio. Y con el paso del tiempo y de las tormentas, poco a poco se reduce a la nada, al más insignificante grano de tierra en el interior del desierto más grande. Pero sí, ahí seguirá siempre, cada vez más pulido y minúsculo, en algún rincón del infinito vacío contenido entre mis costillas, hasta que éstas se doblen sobre sí mismas.

Pido tregua.

Pido tregua, un alto en fuego, exijo que se tome en cuenta la última voluntad de reo cerca de consumirse en las llamas.


Es cierto que en mi vida últimamente se han dado las circunstancias idóneas para que flote en este líquido amniótico que me protege de lo simultáneo y externo, del pasado enterrado y de la incertidumbre del futuro, pero aún así extraño, no sé hasta qué punto, aquella inseguridad y veleidad de lo desconocido y lo no explorado. Es por ello que sin darme cuenta, en el gesto menos pensado, salgo de mi burbuja y me presento, como aquella esfera que fui una vez, desnudo ante la intemperie de los vientos nuevos. Estos vientos nuevos han seguido corriendo sin mi, variando dirección e intensidad, muriendo y naciendo. Y abocado estoy al fracaso cuando, acostumbrado al calor del hogar, encuentro que aquellos aires no harán otra cosa que congelarme. Que, como esfera que siento, sigo erosionándome.


(Ya se sabe que la velocidad de intercambio de temperatura
es mayor cuanto más grande sea la diferencia
entre la temperatura interna y la del exterior.
Y que esta transformación rápida duele.) 



(Y ya sé yo bien que cierta vez me enamoré
de la reina de los hielos.)



Pero este miedo no deja de seducirme de rara manera. Quizás sea el inconformismo, el ansia de superación, la ambición o la extrañeza propia: bien sé que soy más de uno, o, mejor dicho, que deseo como más de uno. Y con esto último quiero hablar de aburrimiento (necesidad de novedad), y de vacío (necesidad de llenar).


Del primero es culpa tantas tormentas a las que me he navegado, que han hecho que mis oídos no se acostumbren ya a la estabilidad, pues aunque sepa ya andar en tierra firme a veces siento un vahído y me siento caer. Viviendo en tierra siendo de mar, y viceversa, según el día, o según el yo.


El segundo es producto del corazón, ese algo que cuanto más vacío está, más pesa. También de naturaleza variable, que a cada hora cambia de parecer y de necesidad. Un lienzo que, por mucho que pinte, sea expresionista, como cuando amo, o sea abstrato, como cuando escribo, se vuelve blanco cuando aparto la vista. Quiero decir: no por que mucho llueva, este río que fluye por dentro llega a ser navegable. Que tengo dos cofres vacíos y los dos quiero llenar con un solo tesoro. Que solo hay un vaso para el vino y para la cerveza. Y, por ejemplo, quiero vino cuando tengo cerveza, a veces, de vez en cuando.


Ahí está el problema: querer lo uno cuando se tiene lo otro, o al revés, porque ni lo uno ni lo otro, que siempre están disociados, podrán ocupar todo el espacio.



Pido tregua porque los vientos me han vuelto a seducir, con sus susurros sugerentes y sus curiosas ondulaciones, y sus crujidos que quiero acariciar y sus lamentos que quiero curar. Y he salido como un parroquiano de este mi cómodo hogar, con súbita valentía, para embarcarse, tembloroso, eso sí, en la búsqueda y rescate de alguna sirena perdida. Pero el viento, ese viento que es tu pelo, ha terminado por oxidarme del todo.

Pido un alto del fuego que me escupes, pues me consumes.


Y yo ya no sé qué hacer.

sábado, 5 de octubre de 2013

Por suerte, y a pesar de todo, hay mil cosas que no haces bien, detalles que no cuidas, gustos en los que no coincidimos y acciones que no me gustan y que hacen que me dé cuenta de que te he sobrevalorado.

Maldita sea.

miércoles, 2 de octubre de 2013

// A veces me gustaría sumergirme en otros mares para aprender a nadar de nuevo.
He conocido a una chica que me impresiona tanto, que me apabulla de tal manera, que me sobrecoge  como nadie con sus palabras y me sorprende demasiado con sus actos, que hasta me asusta, y a pesar de tenerla cerca y verla, aún no he podido ni mediar una palabra con ella.

martes, 30 de julio de 2013

Juro que me acuerdo mil veces de esta vida cibernética que llevé mucho tiempo, espejo y reflejo de mis tres vidas interiores, y que deseo por momentos recuperar el bullicio interior que surgía antes, pero ahora que me enfrento a la profundidad infinita del espacio en blanco, me entra el vértigo y no sé qué decir.

Así que expresémoslo todo con una sola canción:



Every time i shed tears

In the last past years
When i pass through the hills
Oh, what images return
Oh i yearn
For the roots of the woods
That origin of all my strong and strange moods
I lost something in the hills




I grew up in declivities
Others grow up in cities
Where first love and soul takes rise
There where times in my life
When i felt mad and deprived
And only the slopes gave me hope
When i pass through the leg high grass i shall die
Under the jasmin i shall die
Under the elder tree
And i need not prepare for a new coming day
Where is it that fills the deepness i feel
You will say i'm not robin the hood
But how could i hide from top to foot
That i lost something in the hills
I lost something in the hills
Oh i lost something in the hills



Now i lean on my window sill
And i cry, though it's silly
And i'm dreaming of off and away
Oh i know further west these hills exist
Marked by apple trees marked by a straight brook
That leads me wherever i want it to
Well i lost something in the hills



Y para qué negarlo, en realidad vuelvo aquí arrastrado por los fantasmas de los amores imposibles, una vez más, convencido por la sonrisa de una chica que no recuerda mi nombre.


lunes, 24 de junio de 2013



Estoy continuamente viajando entre mis tres mundos. Y es pesado llevar todo el equipaje.