Eres eso que sabía que vendría. Todos lo pensábamos, y todos estábamos en lo cierto.
miércoles, 4 de enero de 2012
lunes, 5 de diciembre de 2011
Hace ya algún tiempo que se dice que las cosas no van bien.
Tantas veces se ha repetido, tanto se ha convencido uno de ello, que ya ni
siquiera nos importa. Damos por hecho que nos avocamos a algo oscuro. Asumimos
que estamos destinados a caer en una catástrofe terrible, de la que apenas
sabemos nada, que no sabemos cómo sucederá. A pesar de ello, nos da morbo
acercarnos a ella, imaginarnos y recrearnos en la hecatombe que acabará con nuestros
días. No podemos evitarlo: el hombre tiene mucho de inhumano e incoherente cuando
gusta de regocijarse con la desgracia propia. Esto es parte de la triste
aceptación del curso en el que parece que nos encauza este río sobre el que
navegamos. Hemos perdido la paciencia, o la esperanza, machacada por esa
condena, pesada como una piedra, que no paramos de recordarnos, y no somos ya
capaces de levantarnos y mirar más allá de ella y alrededor, estudiar la
situación, y tratar de plantear algún movimiento. Esa es la falta que se ha de
achacar al hombre hoy en día, o tal vez siempre. Hay fe, mucha fe, pero no
tenemos fuerza ni ánimos para emprender nada. La época de las grandes ilusiones
y de los grandes proyectos ya pasó o no la recordamos. A pesar de ello, nuestro
orgullo innato nos impide reconocerlo y nos lleva realizar acciones que, a pesar
de la innegable buena voluntad, no hace más que acercarnos a aquello de lo que
huimos. Tomamos decisiones, muchas, a cada instante, para demostrar nuestra
entereza y nuestro buen ánimo, nuestras supuestas ganas de salir adelante, de
superar el gran obstáculo. Pero no hacemos más que aproximarnos más. En nuestro
interior, aceptamos la derrota y facilitamos nuestra caída. Ya nadie es capaz
de salir afuera, lejos, muy lejos y alto, y comprender que aquella espada que
pende sobre nosotros, que diríase espada de Democles, no es más que un pequeño
escollo, fácil de despejar si se conoce el camino.
Los pocos que logran conocer son los valientes, los que
cierran los ojos y se alejan de la piedra, y luego los abren, la estudian y la
entienden. Y entonces él opina, porque no puede hacer otra cosa. Pero las voces que más se oyen no siempre son
las que más se gritan, sino las que más se unen. Y es que el miedo impera sobre
los débiles. Es más fácil contagiar el miedo que la templanza. Pobres de
aquellos lúcidos, pues serán callados en su impotencia. Y pobres de aquellos
necios, dirán aquellos los lúcidos, pues temen al monstruo pero no dejan de
tentarlo.
Esto era lo que pensaba el chico amapola después de leer
los diarios que había recogido esa mañana. Había terminado hacía rato el café,
y ahora se encontraba recostado en el sillón, mirando hacia arriba, con la boca
abierta en una extraña mueca. Comenzaba a atardecer y el sol proyectaba todos
los objetos, los alargaba y dramatizaba. El juego del humo del cigarro, que
ascendía acompasadamente, con la inquietante sombra de la lámpara de araña
sobre el techo le entretenían y se le antojaban puro arte. Tras los ventanales
de madera, abiertos de par en par, y a través de unas airosas cortinas, llegaba
el constante murmullo de la calle distante y ajena. Tragó saliva, se incorporó, y miró de soslayo
los periódicos mientras apagaba el último cigarro, repugnándose de nuevo con
los titulares. Se levantó, los cogió, se dirigió a la cocina y, todo esto entre
suspiros, los metió en la papelera.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Que sí, que sí, que no.
Tal vez... ¿pero quién sabe?
No sé la solución.
Even they don't know.
Sólo una idea me cabe
y no sé, no sé si me vale.
Porque yo no conozco nada,
porque yo miro y no veo,
porque no entiendo qué pasa,
porque no sé qué quiero.
Qué necesito, qué añoro
qué preciso y qué valoro,
qué me puede salvar
qué me hunde al mar.
Las palabras son vanas,
empieza ya a actuar, ¡coño!.
(Aunque sabes, sé, saben, sabemos, sabéis,
y otra vez sé,
que no depende de mí)
¿ENTONCES QUÉ?
¿Lo de siempre? Sí, lo de siempre.
JÓDETE.
Pero te niegas, no, no puede ser así. Con tan oscura tinta no ha de estar escrita tu historia, no sería justo, ni lícito. Y vuelves...
Que no, que no, que sí.
Tal vez...¿ pero quién sabe?
Ya sé la solución:
esperar que el tiempo pase,
hasta que el alma aguante,
hasta que ahogue en dolor.
/Escrito hace más de un año y medio. Y seguimos siguiendo.../
Elogio al ascensor.
Los ascensores son los espacios más polivalentes y paradójicos de la ciudad. En estos pequeños cubículos puede pasar de todo. Son lugares públicos, pero también ofrecen una intimidad que en pocos lugares se consigue, ni con tan clara evidencia. Es donde lo común y lo extraño se unen. Cambian constantemente, según su forma, el lugar, el objeto o la compañía, la experiencia es diferente. Invitan al recogimiento personal, a la introspección, pero también a la socialización. Es un lugar cerrado y abierto. Un interior tan pequeño, pero tan completo como un universo en miniatura. Dispone de pocos elementos: luz clara y un espejo, en ciertos casos un hilo musical, pero nunca es necesario. En el tiempo que dura el trayecto puedes acicalarte, terminar de peinarte, ponerte las gafas, buscas las llaves en el bolso o separar las cartas de publicidad de las facturas del banco. Si vas solo, puedes mirarte las arrugas en el espejo, mirar las cosas que llevas en los bolsillos, o hablarle a tu reflejo, como hago yo ahora.
Si vas acompañado, también se ofrecen experiencias totalmente excitantes. Es donde se besan las parejas, o donde incluso inician las discusiones, a la hora de bajar la basura, o de ir a por el pan. Además de las anodinas conversaciones sobre el tiempo, puedes saber qué se habló en la última reunión de la comunidad de vecinos, a la que no fuiste, o por qué se mudó la del quinto, o de quién es ese perro que ladra tanto. Puedes conocer a tus futuros compañeros de trabajo, o incluso recibir una sugerente oferta laboral. Incluso una canción en el aire puede unir a dos personas y que surja el amor: está comprobado.
En el ascensor subes y bajas, de la alegría a la desesperación, o viceversa. Es la metáfora de la persona inquieta, de la que no soporta esa estabilidad aburrida, esa estaticidad monótona tan terrible, que tanto asusta a las personas que andan demasiado rápido. Pero también es la metáfora de todo aquello que nos engaña, que desconocemos.Un ascensor es como la vida: no sabemos cómo funciona, pero nos mueve de aquí para allá, a veces donde queremos ir, otras veces no. Esas veces el desconcierto nos inunda: ¿dónde estamos, por qué hemos llegado aquí? A pesar de que todo estaba pensado de otra manera, nada sale como deseamos.
Si vas acompañado, también se ofrecen experiencias totalmente excitantes. Es donde se besan las parejas, o donde incluso inician las discusiones, a la hora de bajar la basura, o de ir a por el pan. Además de las anodinas conversaciones sobre el tiempo, puedes saber qué se habló en la última reunión de la comunidad de vecinos, a la que no fuiste, o por qué se mudó la del quinto, o de quién es ese perro que ladra tanto. Puedes conocer a tus futuros compañeros de trabajo, o incluso recibir una sugerente oferta laboral. Incluso una canción en el aire puede unir a dos personas y que surja el amor: está comprobado.
En el ascensor subes y bajas, de la alegría a la desesperación, o viceversa. Es la metáfora de la persona inquieta, de la que no soporta esa estabilidad aburrida, esa estaticidad monótona tan terrible, que tanto asusta a las personas que andan demasiado rápido. Pero también es la metáfora de todo aquello que nos engaña, que desconocemos.
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